sábado, 31 de diciembre de 2016
CAPITULO 1
Paula Alfonso se estremeció y suspiró de felicidad, ajena totalmente al hecho de que ese día su vida empezaría a cambiar para siempre, y aspiró con placer aquel delicioso y familiar aroma.
—¡Mmm, café! —esbozó una sonrisa sensual al tiempo que abría los ojos para contemplar los fascinantes ojos azules de su esposo. —Sabía que me había casado contigo por una buena razón; y es que preparas un café riquísimo —dijo para burlarse de él. Pedro sonrío.
—¿Sólo hago bien el café? —le preguntó con una mirada provocativa.
Paula suspiró con satisfacción y le acarició con ternura el pecho desnudo. Hacer el amor con él era la experiencia más deliciosa de su vida.
—De acuerdo, también haces el amor muy bien —esbozó una sonrisa coqueta, resistiéndose cuando él fue a inclinarse sobre ella. —Pero ahora lo que quiero es un café.
Pedro se retiró riéndose, y Paula se sentó y se cubrió
pudorosamente con la sábana.
—Paula, sé lo que hay debajo de la sábana —comentó Pedro mientras le pasaba la taza de café.
Ella alzó la mirada por encima del borde de la taza con gesto coqueto.
—Lo sé, pero quitarle el envoltorio al paquete es parte de la diversión.
—Muy cierto —respondió él.
Pedro, que sólo llevaba una toalla enrollada a las caderas, se puso de pie y fue a por una caja grande que había en el tocador.
—¿Qué es eso? —preguntó Paula con curiosidad, preguntándose si sería un regalo tardío.
Cuando habían vuelto de la luna de miel en las Seychelles, donde habían estado un mes, había pasado varios días abriendo regalos; pero parecía que todavía les llegaban
algunos.
Pedro dejó la taza sobre una mesa y se acomodó en la cama.
—Son las fotos de boda que nos hizo Miguel —dijo él.
Inmediatamente Paula dejó la taza en la mesilla y le quitó la caja de las manos. Hacía mucho que tenían las fotos de boda oficiales; pero Miguel, que era fotógrafo como Paula,
les había hecho su propio álbum, advirtiéndoles que no iba a ser nada tradicional.
—Déjame. ¡Me muero por verlas! —exclamó mientras rompía el envoltorio y destapaba la caja rápidamente.
Había un álbum de cuero blanco envuelto en papel de seda.
Paula lo abrió y enseguida entendió lo que había hecho su colega. Su ojo de fotógrafa le reveló inmediatamente que Miguel había hecho un trabajo espléndido; pero según iban
pasando las páginas, Paula se olvidó de la composición y empezó a revivir aquellos momentos tan especiales. Había sido un día perfecto en el que había lucido el sol en un cielo sin nubes. Todo el mundo se había sentido feliz, pero nadie más feliz que Pedro y ella. Como todos los hombres, Pedro había ido de chaqué; al verlo otra vez allí
en la foto a Paula le estallaba el corazón de tanto sentimiento.
No hacía mucho que se habían conocido, sólo unos meses antes, cuando los dos estaban de vacaciones en Bali. Desde el principio se habían dado cuenta de que estaban hechos el uno para el otro, pero sólo les había dado tiempo a tener un
brevísimo romance antes de que ella tuviera que regresar a casa. Lo que Paula no sabía entonces era que Pedro estaba empeñado en volver a verla, y a su regreso a Londres lo
había arreglado todo para que ella hiciera las fotos oficiales del nuevo cuartel general de Alfonso Corporation en la capital británica. El padre de Pedro era el dueño de la
empresa, y Pedro el director general.
Pero Paula no había tenido idea de nada de eso el primer día que se había presentado allí. Cuando Pedro había entrado en el despacho donde esperaba ella, Paula se había quedado tan sorprendida que se había tropezado con una esquina de la alfombra, y de no haberla sujetado él se habría caído de bruces. Paula se había enamorado en ese instante de Pedro, y tan fuerte había sido el sentimiento que desde
entonces era consciente de que jamás tendría cura.
Haciendo gala de tener muy buenos reflejos, Pedro la había agarrado con sus fuertes brazos, con una sonrisa complacida en los labios; pero al mirarla a los ojos se había puesto muy serio de repente.
—No quería decírtelo ahora, pero no puedo esperar más. Te amo —le había declarado él con voz emocionada.
—Yo también —le había susurrado ella, tan feliz que había sentido como si el corazón tuviera alas.
Entonces él la había besado, y a Paula aquello le había parecido lo mejor del mundo.
El beso de Pedro no había sido apasionado, pero le había vuelto el mundo totalmente del revés. Desde entonces había sentido algo indescriptible cada vez que lo miraba.
El breve romance había terminado en una boda por todo lo alto, más allá de lo que Paula habría soñado; porque el deseo de los dos había sido que todos estuvieran allí para compartir su felicidad. Había corrido el champán, se habían tomado cientos de fotos y habían bailado toda la noche. Al día siguiente habían tomado un avión rumbo a las Seychelles, donde habían pasado cuatro semanas perfectas, antes de volver hacía un par de semanas al mundo real.
Las fotografías le hicieron recordar todo aquello que había culminado en el día de su boda, el más maravilloso de todos.
—¡Ay, mira mi tía con ese sombrero tan feo! —exclamó Pedro con una mueca de pesar.
Paula se fijó en la foto de grupo a la que se refería su esposo. Pedro la había hecho en el amplio jardín que rodeaba la iglesia.
—No sabía que hubiéramos invitado a tanta gente, pero aquí están... Por cierto, ¿quién es éste? No es uno de mis invitados, así que tiene que ser de los tuyos —le preguntó Pedro momentos después.
Paula frunció el ceño.
—¿Dónde? —Paula trató de localizar a la persona a la que se refería Pedro en aquel mar de caras.
—Ahí —Pedro señaló la figura de un hombre que estaba de pie al final de una de las filas de atrás.
Cuando Paula se fijó en la persona que le señalaba su marido se quedó sin respiración del susto. ¡No! ¡Dios, no! La desolación que sintió al reconocer a ese hombre aniquiló toda su alegría en unos segundos. ¿Qué hacía él allí? ¿Y cómo era posible que ella no se hubiera dado cuenta?
—¿No lo conoces? —le preguntó Pedro, que estaba a su lado.
Paula dio un respingo, porque no se acordaba de que Pedro estaba allí con ella de tan ensimismada y horrorizada que se había quedado. Volvía a sentir el miedo de antaño, pero trató de serenarse para que su marido no le notara nada raro.
—No, no lo conozco. Debe de ser uno de los maridos o de los novios que no llegaron a presentarnos —respondió razonablemente.
Pero no se sentía normal. Su nerviosismo y la angustia aumentaban por momentos, a pasos agigantados, y Paula sabía que pronto se sentiría muy trastornada. Y no quería
que Pedro se diera cuenta y empezara a preguntarle.
—¡Madre mía, mira qué hora es! —se volvió violentamente hacia el despertador de la mesilla. —¡Llegaremos tarde si no nos damos prisa! —retiró la sábana y saltó de la cama. —Tú tienes una reunión con... como se llame; ya sabes a quién me refiero. Así que será mejor que utilices tú este cuarto de baño, y yo mientras me ducho en el del pasillo.
Paula no le dio tiempo para discutir, sino que sacó algo de ropa y salió apresuradamente del cuarto. Cuando por fin se metió en el baño, cerró el pestillo de golpe, tiró la ropa al suelo y se apoyó contra la puerta mientras inconscientemente se deslizaba hasta el suelo. Agachó la cabeza entre las rodillas y se abrazó con fuerza la cintura.
¿Por qué ahora? Hacía ya unos años que no veía a aquel hombre; tantos que había creído que se había librado de él.
Pero la foto demostraba lo equivocada que estaba.
Paula rompió a llorar desconsoladamente mientras se balanceaba adelante y atrás.
Sintió ganas de vomitar sólo de pensar que él había estado en la iglesia, esperando y observándolos; y que después se había colocado en una de las filas para hacerse una foto de grupo, como si él tuviera derecho a estar allí, y sabiendo que ella lo vería y que se daría cuenta de que seguía por allí.
Se puso de pie justo a tiempo para abrir la tapa del retrete.
Después de arrojar el café que se había tomado, se limpió la cara con un pañuelo de papel y se apoyó con debilidad contra la pared de azulejos. Menos mal que había dejado de temblar un poco.
Sin embargo, le dolía el corazón. Se había atrevido a ser feliz, a dejar atrás el pasado y a mirar hacia delante. ¿Pero de qué le había servido? Nada había cambiado. Gabriel
Benson seguía allí. ¡Y pensar que le había parecido dulce y amable durante un tiempo!
Lo conoció cuando tenía diecinueve años, y los dos estudiaban fotografía en la misma facultad. Al principio Gabriel le había parecido una persona normal, pero pasado un tiempo se había dado cuenta de que no tenía nada de normal. Porque Gabriel era un enfermo que tenía fijación por ella. Después de salir con él un par de veces, ella había cortado al ver que él empezaba a agobiarla con sentimientos que ella no compartía.
Gabriel no había aceptado un no por respuesta, y o bien la llamaba a cualquier hora del día o de la noche, o se presentaba en su casa y se quedaba allí plantado en la calle,
esperando hasta que saliera ella y le dijera que se marchara.
Cuando un día Gabriel había dejado de llamarla por teléfono, Paula había creído que por fin se había enterado bien de todo. Sin embargo, él había empezado a seguirla. Su familia había llamado a la policía, y el juez le había puesto a Gabriel una orden de alejamiento; pero eso no le había impedido que continuara acechándola. Gabriel solía desaparecer antes de que lo pillaran, y aparecía repentinamente en otro sitio y otro día.
Después de dos años de pesadilla, Gabriel parecía haber desaparecido de la faz de la tierra. Paula jamás había sabido la razón, y con el tiempo había llegado a pensar que tal
vez se había cansado de ella y se había fijado en otra pobre mujer. Pero estaba agradecida de que su vida hubiera vuelto a la normalidad.
Salvo que la normalidad ya no era la normalidad que había sido anteriormente: había dejado de confiar en los hombres por miedo a que se convirtieran en otro Gabriel Benson; se había vuelto reservada y cauta, y había tardado mucho tiempo en dejar de volver la cabeza para ver si él la seguía cuando iba por la calle.
El tiempo y la aparición de Pedro en su vida le habían curado de sus miedos; y con él había recuperado finalmente la confianza en sí misma. De Gabriel Benson se había
olvidado del todo hasta que lo había visto en esa foto que les había hecho Miguel. Parecía que Gabriel sólo la había dejado en paz temporalmente, que no se había olvidado de ella y que evidentemente seguía pensando que era suya.
Paula nunca había sentido una rabia como la que sentía.
¿Cómo se atrevía a pensar que podía volver a molestarla?
¡No se lo permitiría! Se lo contaría a la policía, que si anteriormente no había podido detenerlo, bien podría hacerlo esa vez. Lo malo era que el único delito de Gabriel Benson era haberse colocado para una foto, en un lugar donde nadie lo había invitado. Eso no se podía llamar persecución.
¿Qué hacer? El instinto le decía que se lo contara a Pedro; pero él tenía tantas cosas en la cabeza en ese momento con la fusión de las empresas, que Paula se dijo que no quería molestarlo. Podría esperar unos días para contárselo a su marido. Pedro era un hombre honorable y honrado, todo lo contrario a Gabriel Benson; y Paula siempre se había sentido segura con él.
Sí, haría eso; aunque tenía miedo y le quedaba la duda de que Benson pudiera estar por allí vigilándola. Paula pensó que estaría ganando tiempo. La fotografía era un aviso.
Benson aparecería y llamaría a su puerta cuando estuviera listo. Menos mal que ella ya no era la joven indefensa de antes. Ahora tenía a un hombre fuerte para protegerla.
En ese mismo momento Pedro llamó a la puerta del cuarto de baño. Paula se puso de pie de un salto y se echó la mano al cuello.
—Casi estoy lista —mintió mientras se quitaba el albornoz para meterse en la ducha. —Ponme una tostada, por favor.
Sabía que no podría dar ni un bocado, pero también que tenía que comportarse con normalidad; al menos durante un rato, hasta que volviera a estar sola. Después de lavarse y vestirse en un tiempo récord, Paula bajó a la cocina, donde Pedro estaba sentado a la mesa tomándose un cuenco de cereales. Le dio un vuelco el corazón al mirarlo... ¡Lo amaba tanto!
Pedro levantó la vista y frunció el ceño ligeramente al percibir su atención.
—¿Qué ocurre, cara?
Ella sonrió para disimular sus preocupaciones mientras negaba con la cabeza.
—Nada, sólo estaba pensando lo mucho que te quiero —respondió ella.
Inmediatamente, él le tendió la mano con cariño.
—Ven aquí a decírmelo.
Ella se acercó a él y se dejó sentar sobre sus rodillas. Se pasó la mano por el pelo y lo miró a los ojos con sentimiento.
—Te amo, Pedro. Nunca dejaré de quererte.
Él sonrió.
—Me alegra tanto que sientas eso; porque es lo mismo que siento yo. Ya no me imagino la vida sin ti. Te lo demostraría ahora mismo si no tuviera esa reunión dentro de una hora.
Cuánto deseaba Paula poder volver a la cama con él y olvidarse del mundo; pero no era posible. De modo que ladeó la cabeza con coquetería y sonrió también.
—Bueno, podrías darme un pequeño adelanto, ¿no?
El se echó a reír y se cambió de postura, de modo que ella quedó tumbada sobre su brazo.
—Ah, sí, desde luego —susurró en tono sensual antes de besarla en la boca.
El beso fue de ésos que subían la temperatura y le dejaban a uno sin respiración en unos segundos. Pedro levantó la cabeza, sabiendo que los dos se quedaban con ganas de más.
—Menuda idea hemos tenido los dos; luego seguimos donde lo hemos dejado — dijo Pedro en el mismo tono ronco.
Paula gimió con frustración mientras abandonaba sus brazos y se ponía de pie.
—Va a ser un día muy largo.
Él le sonrió con picardía y se levantó también.
—Sí, pero piensa en esta noche —le dijo mientras retiraba la chaqueta del respaldo de la silla para ponérsela— Tengo que marcharme, cara. Piensa que yo voy a estar trabajando mientras tú te diviertes haciendo fotos.
Paula se dijo que eso era lo que hacía cada día; pues él nunca estaba lejos de su pensamiento.
Lo acompañó hasta la puerta de la casa de Hampstead donde vivían, y como cada mañana ella agitó la mano mientras él salía con el coche.
Cuando Paula se dio la vuelta para entrar en casa, le llamó la atención un movimiento en la acera de enfrente, y se volvió a mirar. Se quedó helada al reconocer al hombre que estaba a la sombra de un árbol frondoso; y tampoco fue capaz de moverse al ver que cruzaba la calle hacia donde estaba ella. Aunque él era la última persona del mundo con la que le apetecía hablar, tenía que enfrentarse a él de una
buena vez y saber por qué había vuelto. Así que bajó las escaleras del porche, se acercó a la verja y se cruzó de brazos como para rechazar su presencia.
Gabriel Benson se paró al otro lado de la valla. Era un hombre anodino, venido a menos.
—Hola, Paula —la saludó Gabriel como si se hubieran visto hacía días en lugar de años.
Ella lo miró con frialdad.
—¿Qué es lo que quieres, Gabriel? —le preguntó Paula sin previo aviso.
Pero su frialdad, como siempre, quedó ignorada.
—A ti. Sólo a ti, Paula.
Sabía por experiencia que no conseguiría nada enfadándose con él, de modo que trató de mantener la calma.
—No puedes tenerme. Ahora hay alguien responsable de mí, ¿recuerdas?
La indirecta le hizo reír.
—Entonces me has visto en la foto. Cuánto me alegro. La verdad es que estabas preciosa de blanco.
Paula resopló de rabia.
—No tenías derecho a estar allí. Era una boda privada.
Gabriel hizo lo que hacía siempre e ignoró lo que no tenía ganas de escuchar.
—¿Cómo pudiste casarte con él? ¡Me perteneces! ¡Tú me amas!
Ella negó con la cabeza mientras con el corazón en un puño se veía obligada a escuchar las mismas palabras que había escuchado años atrás.
—No, no te amo. Quiero a mi esposo, no a ti.
—Tú crees que lo quieres, pero cuando él se vaya te darás cuenta de que has cometido un error. Todo irá mejor después. Ya lo verás —le informó con complacencia.
Sus palabras no tenían sentido para Paula.
—Él no se va a marchar a ningún sitio. Eres tú quien se va a ir. Márchate y aléjate — le ordenó en el tono más firme que le fue posible.
Gabriel se limitó a sonreír.
—Sabes muy bien que no lo dices en serio, Paula.
Paula pensó que no había manera de convencerlo.
—Lo digo muy en serio —respondió ella cada vez más frustrada. —Si no dejas de molestarme, voy a llamar a la policía.
Él sonrió con la confianza suprema de una mente enferma.
—No podrán hacer nada; porque yo no he hecho nada. Sabes que nunca te haría daño; te adoro. Sólo quiero que estemos juntos.
Ella se echó a reír en su cara.
—¡No lo dirás en serio! —se burló.
Tal vez ésa fuera la primera vez que lo veía enfadado.
—No te rías de mí, Paula. ¡No me gusta que la gente se ría de mí! —le reprochó.
Acto seguido, Gabriel se dio la vuelta y se alejó pisando el suelo con fuerza, muy enfadado.
Paula lo observó bajar por la calle y dar la vuelta a la esquina. Estaba que echaba humo. Pero Paula se alegraba porque de algún modo había conseguido traspasar sus
férreas defensas y había logrado hacerle daño. Una semilla de esperanza empezó a brotar en su interior al pensar que a lo mejor esa vez había ganado de verdad. Subió corriendo las escaleras de su casa con una sonrisa en los labios, mucho más aliviada de lo que se había sentido un rato antes.
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