sábado, 31 de diciembre de 2016

CAPITULO 18





ESA NOCHE hicieron el amor con una intensidad nueva. 


Inexplicablemente parecía como si ambos necesitaran más la pasión del otro que la ternura. Pero era una lujuria demasiado ardiente, demasiado acelerada como para durar, aunque pudieron alargar el momento al máximo gracias a su fuerza de voluntad, hasta que finalmente la necesidad se impuso y, consumidos por un intenso placer, Pedro y Paula alcanzaron juntos el clímax en un instante enternecedor al máximo, siendo para los dos el placer más puro que ninguno de ellos había conocido en su vida. Les dejó satisfechos, pero totalmente agotados, y enseguida los dos se durmieron el uno en brazos del otro.


Horas después, Paula se despertó. Aún no había amanecido, a juzgar por la luz que entraba por la ventana. 


Se levantó sin despertar a Pedro, se metió en la ducha y se lavó el pelo. Se lo secó con la toalla y se puso el albornoz antes de volver a la habitación.


Pedro seguía dormido, de modo que se acurrucó en una silla junto a la ventana a ver amanecer.


Cuando llegó, fue tan bello como su unión, y empapó su corazón del deseo de que todo se quedara como estaba. Quería que fueran una familia feliz, y que nada malo les ocurriera jamás. —¿Por qué estás tan pensativa, cara? 


Ella miró hacia la cama y vio que Pedro estaba tumbado de lado.


—Sólo estaba soñando despierta —le respondió con una sonrisa.


—¿Con qué soñabas? —le preguntó con curiosidad. —¿No sería con abandonarme de nuevo?


Su comentario la apenó. Y la vehemencia de su respuesta le dijo, como nada podría decirle, que jamás volvería a dejar a Pedro por voluntad propia.


—¡No! ¿Cómo puedes pensar eso?


Pedro la miró con una tranquilidad que la sorprendió.


—Porque anoche hicimos el amor como lo hicimos la última vez que estuvimos juntos, antes de que me dejaras.


—Eso fue entonces. No tengo intención de dejarte, Pedro. La situación no es la misma. Es tu imaginación.


Él la miró fijamente, y se encogió de hombros.


—Eso espero —dijo concisamente antes de levantarse e ir hacia el baño. —Porque es difícil amar a alguien que no deja de desaparecer —añadió con una sonrisa antes de meterse en el cuarto de baño.


Sorprendida, Paula se levantó de la silla de un salto y fue detrás de él. Pedro se estaba metiendo en la ducha cuando entró.


—¿Qué quieres decir? —le preguntó. —¡Tú no me amas!


Él la miró con expresión interrogante.


—¿No te amo? Pues a mí me parece que sí —respondió antes de cerrar la puerta de la ducha.


Paula se quedó quieta en el sitio. ¿Estaría soñando despierta? No era posible que él quisiera decir que... 


Necesitaba que él se lo confirmara, de modo que cruzó el cuarto y abrió la puerta de la ducha.


—¡Si me estás gastando una broma, no me hace gracia! Me dijiste que habías dejado de amarme hace años.


Pedro se estaba enjabonando, pero dejó de hacerlo para mirarla.


—Debería haber sido así, pero no lo fue. Lo cierto es que te quiero, cara mía. Siempre te he querido y siempre te querré. Ahora, si no te importa, me gustaría seguir duchándome.


Y dicho eso, cerró la puerta de nuevo.


Paula se quedó paseándose por la habitación como un tigre enjaulado. No estaba segura de poder creerlo, eso era todo. 


¿Cómo podía creerlo?


Él salió de la ducha unos minutos después con una toalla enrollada a la cintura.


—¿Qué te pasa, cara? ¿Por qué no puedo amarte? No es un crimen.


Ella se metió las manos en los bolsillos del albornoz, para que dejaran de temblarle, y se acercó al baño.


—Porque te abandoné. Porque no te dije que existía Tomas. Porque no puedes decírmelo así de repente. Sólo sé que no lo dices en serio, así que ya puedes retirar lo que has dicho.


Pedro negó con la cabeza.


—No pienso retirar nada —se plantó delante de ella, con los brazos en jarras. — ¿Qué vas a hacer ahora?


Paula apretó los labios, sabiendo que estaba temblando.


—¡No necesito esto, muchas gracias!


—De acuerdo, dime lo que necesitas —la invitó él.


Ella se quedó mirándolo, incapaz de expresar lo que su corazón le gritaba: lo necesitaba a él, sólo a él. Sintió miedo. 


La última vez que le había dicho que lo amaba, él la había traicionado. ¿Y si volvía a hacerlo? Le daba demasiado miedo arriesgarse.


Momentos después, Paula se volvió bruscamente y regresó al dormitorio.


—Tengo que vestirme —murmuró entre dientes.


Pedro la siguió, y se apoyó en el marco de la puerta del baño.


—¿Sabes lo que me gustaría que hicieras?


—No —respondió ella sin mirarlo.


—Me gustaría que me dijeras lo mismo; que me dijeras que me amas.


Paula estaba tan nerviosa que sintió que se mareaba un poco.


—No puedo —respondió bruscamente mientras abría un cajón.


—¿No puedes, cara"! —le dijo en tono ligeramente burlón.  Ya sé que conservas el anillo que te di. Y Tomas me dice que llevas una foto nuestra en la cartera. Di la verdad, pase lo que pase, Paula. Dime que me amas.


Una mezcla de rabia y miedo le llevó a tirar al suelo la ropa que tenía en la mano.


—¡Cállate! —le ordenó, apretando los puños. —¡No puedo hacerlo! ¿Es que no lo entiendes? ¡No puedo!


Pedro se acercó a ella y le puso las manos en los hombros.


—¿Por qué no? Dímelo, Paula. Dime por qué no puedes.


Cuando lo miró, tenía los ojos llenos de lágrimas.


—Porque tengo miedo —susurró.


—¿Miedo? ¿Miedo de qué?


Paula negó con la cabeza, retirándose.


—De nada. De nada en absoluto. Por favor, olvídalo.


Pedro suspiró con exasperación.


—¡Dios mío, qué cabezota eres! De acuerdo, como tú quieras... de momento — concedió mientras se apartaba de ella.


—Lo siento.


—No lo sientas. A veces uno gana, y a veces pierde. Voy a buscar a Tomas mientras te vistes.


Antes de salir se acercó a ella y le dio un beso en los labios.





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