sábado, 31 de diciembre de 2016
CAPITULO 10
HASTA bien entrada la tarde siguiente, Paula no oyó el ruido de un coche en el camino de su casa. No se había acostado, ya que dormir habría sido imposible. Se había pasado la noche acurrucada en el sofá, esperando que amaneciera.
Entonces había subido a darse una ducha y a cambiarse de ropa. Había guardado el collar de diamantes en su estuche, que estaba seguro bajo llave en uno de los cajones de su tocador.
Tomas parecía haberse recuperado y por la mañana había estado tan contento y feliz como de costumbre. Cuando le había sugerido que se quedara en casa y no fuera al colegio, él no había querido. En ese momento Paula se alegraba de que Tomas no estuviera allí para presenciar la conversación que en un momento tendría con Pedro, que finalmente estaba allí.
Paula fue a abrir la puerta con aprensión, imaginándose que Pedro llegaba para darle una mala noticia. Pero nada más verlo, su miedo quedó eclipsado por lo que aquel hombre le hacía sentir. Ese día iba vestido con vaqueros y una camiseta, y Paula pensó enseguida en el hombre que había conocido en Bali. Se fijó en el coche y vio que no había nadie esperándolo esa vez.
Mientras él subía por el camino, Paula, que lo esperaba a la puerta, se dio cuenta de que estaba temblando.
—Ya veo que has decidido seguir mi consejo y quedarte —ese conciso comentario fue lo primero que le dijo al verla.
—No tenía sentido huir ahora —respondió ella con la mayor calma posible.
Él esbozó una sonrisa tensa.
—Ahora que conozco la existencia de mi hijo, no —concedió en tono pesaroso. — ¿Dónde está, por cierto? ¿Escondido en casa de la vecina? —le preguntó mientras señalaba la casa de al lado con la cabeza.
Sabiendo que su desprecio tenía justificación, Paula no respondió mal.
—Tomas ha ido al colegio hoy. Yo quise que se quedara en casa, pensando que estaba malo, pero él insistió para que lo llevara. Llegará dentro de un rato —dijo Paula mientras echaba un vistazo al reloj. —Ven a la cocina —lo invitó. —Prepararé café. A no ser que prefieras un té —dijo mientras echaba a andar.
—Prefiero un café —dijo Pedro, que la siguió hasta la cocina.
Paula puso la cafetera y después, como si no tuviera nada que hacer salvo esperar, se volvió hacia el hombre que seguía siendo su marido.
De momento se quedaron mirándose como dos combatientes, a ver quién asestaba el primer golpe. Pedro fue quien habló primero.
—¿Has dormido anoche? —le preguntó en tono cortante, más por cortesía que por verdadero interés.
—No —respondió Paula. —¿Y tú?
—Yo no he pegado ojo... No podía dejar de pensar en todo, de preguntarme cómo es posible que me engañaras como lo hiciste. Ahora me doy cuenta de que nunca me amaste. Es imposible que me amaras y que hicieras lo que hiciste. En el fondo sólo fui el medio para conseguir un fin, ¿no? Mereces un Oscar por tu actuación, Paula— añadió Pedro con rabia.
Paula se puso tensa, porque de pronto las razones por las que lo había abandonado parecían insignificantes comparadas con la situación presente.
—¡No quiero hablar de eso! —exclamó con voz ahogada.
Pedro asintió.
—Yo tampoco, la verdad, pero un día vamos a tener que hablar en serio de todo esto, te guste o no. En este momento, lo que me interesa es mi hijo... Le has dado mi nombre, y supongo que debería estarte agradecido por ello. ¿Pero qué le has contado de mí? ¿Más mentiras, cara?
Paula entendía su necesidad de desquitarse con ella, pero no por eso le resultaba más fácil soportar todo aquello; sobre todo porque intuía que lo que le iba a decir no le gustaría nada. Se sentía muy vulnerable, y no pudo evitar frotarse los brazos porque le pareció como si sintiera un escalofrío.
—Le dije que tú y yo no vivíamos juntos porque... porque ya no nos queríamos. Y... —de pronto vio su mirada y se aclaró la garganta con nerviosismo. —Y que su papá no venía a verlo porque estaba muy ocupado viajando.
Pedro negó con la cabeza con incredulidad.
—Muy lista. Cubriste todas las bases.
Paula se sentía tan culpable que tuvo ganas de llorar.
—Sé que debería haberle dicho la verdad, que debería haberle hablado de ti, pero de verdad no pensé nunca que vinieras a buscarme. Y por eso le dije a Tomas que cuando fuera más mayor tal vez te conociera —se apresuró a añadir.
—¡Sí, como has dicho, esperando que ese día nunca llegara! —respondió en tono cortante. —Desgraciadamente para ti, ese día ha llegado, y tienes que saber que tengo toda la intención de conocer a mi hijo.
Y ella sabía perfectamente que el hombre que amaba querría precisamente hacer eso.
—Lo sé. No voy a interponerme —le dijo ella.
La emoción era tan grande que sabía que estaba a punto de echarse a llorar. Se dio la vuelta para sacar las tazas de café y añadió azúcar y leche.
—Sé que me odias, Pedro, y tienes todo el derecho del mundo a hacerlo. De verdad que lo siento... siempre supe que hacía mal, y entiendo que querrás hacerme pagar por ello, pero...
Un sentido sollozo ahogó sus palabras, y Paula se mordió el labio inferior para controlar sus emociones.
—¿Pero qué, Paula? —le instó Pedro.
Cuando ella no respondió, él dio la vuelta a la mesa, la agarró de los hombros y la giró hacia él para que lo mirara a la cara.
—¿Pero qué, dime? —repitió en tono seco.
—¡Por favor, no me quites a Tomas! Te lo ruego, Pedro. Me matarías si lo hicieras. ¡Lo quiero tanto! —gimió con los ojos llenos de lágrimas.
Paula no vio la expresión de susto, la tristeza de su rostro.
—¡Por amor de Dios, Paula! ¿Qué clase de monstruo sin sentimientos crees que soy? —le preguntó mientras la zarandeaba brevemente. —¿De verdad piensas que apartaría a un niño de cinco años de su madre por puro odio?
Paula lo miró sin ver, con semblante angustiado.
—¡Algunos lo harían!
Pedro aspiró hondo.
—Sí, algunos lo harían; pero yo no soy como los demás —declaró con frialdad. —Si decidiera pedir la custodia de Tomas, sería porque pensara que el niño estaría mejor conmigo, no porque su madre me mintiera. En realidad, aún no he tomado una decisión.
Paula estaba temblando, pero trataba de dominar el pánico.
—No has tomado una decisión; pero lo estás pensando, ¿verdad? —le preguntó con malos modos, temblando como una hoja.
—Pues claro que sí. No pensarás que iba a renunciar a mi derecho sin decir ni pío — dijo en tono burlón. —Quiero estar con mi hijo, y de un modo u otro estaré con él.
Las palabras de Pedro la angustiaron aún más.
—¿Y yo qué? —dijo de pronto.
Él la miró indignado.
—¿Qué pasa contigo? Tú ya lo has tenido durante cinco años. ¿No te parece que debería tocarme a mí?
Ella lo escuchaba con el corazón encogido.
—¡No puedes hacerme eso! —protestó ella.
Pedro sonrió débilmente.
—Sí que puedo. Lo que tienes que preguntarte es si lo haré —añadió él mientras retiraba una silla de la mesa. —Siéntate. Voy a terminar de preparar los cafés.
Paula se sentó porque no tenía fuerzas para estar de pie.
Estaba tan nerviosa, que apenas podía pensar.
Al momento, Pedro puso dos tazas de café sobre la mesa y se sentó frente a ella.
—¿Qué puedo hacer? —dijo ella con voz quebrada.
Él se encogió de hombros y la miró con desprecio.
—Depende de lo que estés dispuesta a hacer —le respondió en tono seco.
Ella no dudó al responder.
—Haría lo que fuera.
Pedro dio un sorbo del café caliente y la miró por encima del borde de la taza.
—¿Cualquier cosa? Es una oferta bastante tentadora. Claro que, tendría que pensar si hay algo que puedas hacer que yo quisiera —añadió en tono sarcástico.
Paula fijó la vista en la taza que tenía delante.
—¿Y si... quisiera reconsiderar mi decisión? —dijo ella en tono ahogado.
Pedro se recostó un poco en la silla y estiró las piernas.
—¿Reconsiderar tu decisión? —repitió, como si no entendiera las dudas de Paula.
—¡Sabes de sobra lo que quiero decir! —le soltó ella enfadada.
—Sí, lo sé. Y también veo que estás desesperada.
Paula no podía soportarlo más.
—Por supuesto que estoy desesperada. ¡Quiero a mi hijo!
Él se incorporó un poco.
—¡Y yo tengo un hijo a quien quiero tener la oportunidad de poder amar!
Paula lo miró mientras se decía que ella era la única responsable de la situación en la que estaba.
—Te he dicho que no me voy a interponer, ni te voy a negar el acceso a tu hijo.
—Qué bondad la tuya al darme unas migajas. Sin embargo, siento decirte que no me conformo con eso —respondió Pedro antes de apurar la taza de café, que al momento dejó a un lado. —De todos modos, reflexionaré sobre eso que has dicho de que harías cualquier cosa.
Paula fue a decir algo, pero prefirió no hacerlo. Se sentía desesperada; totalmente a su merced. Sin embargo, una chispa de orgullo la ayudó a levantar la cabeza.
—¿Te lo estás pasando bien?
Él arqueó una ceja.
—¿A ti qué te parece?
Pero ella no respondió.
—¿Dime, Paula, cuándo puedo conocerlo?
Paula aspiró hondo para mantener la calma. Era inútil intentar que él le hablara de sus intenciones. Pedro lo haría cuando estuviera preparado para hacerlo. Y ella, que había anticipado su deseo de conocer a Tomas, había hecho ya sus planes.
—Estará en casa dentro de un rato. Jeny ha ido al colegio a por su hijo y se trae a Tomas. Estaba pensando que tal vez te gustaría quedarte a cenar con nosotros. Esta mañana me ha pedido que le haga espagueti.
La invitación sorprendió y complació a Pedro.
—Gracias, me parece bien.
Siguió un silencio breve que Paula se encargó de romper.
—Es un niño encantador, tan dulce y generoso. Tiene tus ojos, tu boca e incluso tu sonrisa —le dijo sin aliento, sonriendo mientras pensaba en su hijo; en el hijo de los dos.
Él la miró algo extrañado.
—¿Y no te molestó que se pareciera tanto a mí? —le preguntó con curiosidad.
—En absoluto. Me gustó —reconoció por fin.
Eso lo sorprendió aún más.
—¿Te gusta tener un recuerdo de que te acostabas con un hombre que haría cualquier cosa para ganar dinero?
Al oír su comentario lo miró a los ojos.
—Pedro... Lo que dije anoche... Sé que no es verdad.
El sonrió como si se burlara de ella.
—¿El qué? Porque dijiste muchas cosas, Paula.
—Lo que dije sobre la manera de hacer negocios en tu familia no es cierto. Sólo lo dije porque no quería que te enteraras de que existía Tomas. Pensé que así te marcharías —confesó, tratando de leer algo en su expresión.
—Casi lo conseguiste. Si Tomas no se hubiera puesto enfermo, ahora estaría de vuelta en Londres, ajeno a todo —añadió en tono seco.
—Tienes que entenderme. Estaba desesperada.
La ironía que vio en su expresión no la consoló.
—Sigues estándolo. Ponte en mi lugar, cara. Has mentido tanto que no puedo saber si lo que dices es verdad o no. Antes confiaba en ti ciegamente, pero eso quedó en el pasado. Ahora sé qué harías o dirías cualquier cosa para no perder a tu hijo. Incluso acabas de decirme que te acostarías conmigo si ése fuera el precio que yo te exigiera.
—Lo he dicho en serio —dio un sorbo de café para tratar de calmar los nervios, pensando que no tenía que olvidar que todo lo hacía por su hijo.
—¿Entonces no te parecería un modo de prostituirte? —se burló.
A pesar del sofoco que sentía, Paula no agachó la cabeza.
—¿Cómo podría ser? Seguimos casados, Pedro —respondió rápidamente.
—Parece que eso al final va a resultarte beneficioso, después de todo. Al menos para tu orgullo —continuó Pedro en el mismo tono irónico.
—¡Basta de juegos, Pedro! Sé que tienes la sartén por el mango. ¡Tú sabes que estoy a tu merced!
Incluso a ella le pareció un tanto melodramático, y sin embargo era la pura realidad.
Sus palabras le hicieron finalmente sonreír.
—A mi merced. Me gusta cómo suena...
Sus burlas la encendieron.
—Tal vez tenga que seguir tus reglas, pero no creas ni por un momento que voy a concederte todos tus caprichos —le advirtió en tono seco. Se terminó el café y apartó la taza a un lado.
El la miró tranquilamente.
—Si no lo haces, perderás a Tomas —dijo Pedro en tono bajo.
Paula se quedó boquiabierta.
—Entonces ésa es tu exigencia, ¿no?
—Tal vez —dijo con descuido. —Aún estoy pensando en los detalles.
Paula trató de calmarse antes de responder, pues sabía que el nerviosismo no la ayudaría a pensar con ecuanimidad.
—Creo que deberíamos cambiar de tema —sugirió ella.
Pedro asintió, pero su sonrisa fue todavía más socarrona que antes.
—Me parece bien. ¿Por qué no me cuentas algo de tu familia? ¿Sabían ellos dónde estabas? ¿Saben que tienes un hijo?
Era una pregunta lógica, pero Paula sabía que a él no le gustaría la respuesta.
—Sí. Les hice prometer que no te lo dirían —confesó angustiada.
Para sorpresa suya, Pedro se mostró resignado más que enfadado.
—Bueno, son tus padres, así que naturalmente harían lo que les pidieras. Y debo decirte que te son muy leales, porque jamás dijeron ni una sola palabra —respondió con un suspiro.
—¿Te hablas con ellos? —le preguntó Paula bastante asombrada, ya que no tenía ni idea.
Pedro parecía ligeramente pesaroso.
—Paso a verlos casi todas las semanas. No lo sabías, ¿verdad?
Ella negó con la cabeza.
—Nunca me han comentado nada.
Paula entendía que sus padres no le hubieran dicho nada; sin duda para no hacerle daño. Y se alegró mucho de que hubieran seguido hablando con Pedro, a pesar de las preguntas que se habrían hecho. Ella nunca les había dicho por qué se había marchado, y ellos tampoco habían insistido en saberlo, dándole la libertad para contárselo cuando le pareciera conveniente. Ella no les había contado nada cuando habían ido a visitarlos al niño y a ella. Sus padres, lógicamente, le habían sugerido un par de veces que le hablara a Pedro de Tomas, pero después no habían vuelto a insistir.
En ese momento le pesó haberles hecho pasar tan mal trago.
—Como acabo de decirte, saben guardar un secreto —dijo Pedro. —Se ve que no creyeron conveniente que tú supieras que me veían.
—No pensé que te preocuparas de ir a verlos —dijo ella sinceramente.
Pedro se puso derecho antes de contestar.
—Paula, les tengo cariño a tus padres, y para mí son parte de la familia. No sé por qué eso te sorprende.
Paula se pasó la mano por el pelo y suspiró.
—La verdad es que nunca lo pensé desde ese punto de vista —respondió sin mentir.
La vida sin él no había sido fácil. Se levantó y llevó las tazas vacías al fregadero.
Cuando las estaba aclarando, oyó el ruido de un coche en el camino. Momentos después, se oyeron las voces infantiles de los niños. Paula miró a Pedro, y se sintió de pronto algo nerviosa.
—Ya ha venido Tomas —le dijo innecesariamente.
Lo dejó en la cocina y corrió a abrir la puerta. Paula sonrió al ver a su hijo que subía corriendo por el camino. Siempre salía de casa limpio y arreglado, pero cada tarde volvía como si se hubiera peleado con la ropa. Al verla, Tomas aceleró el paso.
—¡Mami! ¡Mami! ¡Me han puesto una buena nota! —exclamó con orgullo mientras se echaba a los brazos de su madre.
Antes de que se apartara de ella, Paula le dio un abrazo y un beso.
—Qué listo es mi niño —dijo ella con igual orgullo. —¿Has pasado un buen día?
—Sí —respondió Tomas.
Paula vio que el niño se quedaba mirando algo detrás de ella. O más bien, a alguien.
Paula sabía que Pedro se había acercado también a la puerta, y por ello se dio la vuelta despacio y condujo a Tomas delante de ella.
—Tomas, cariño, tengo una sorpresa para ti. Éste es tu padre, que ha venido desde muy lejos sólo para verte. Sé un buen chico y salúdalo.
Tomas miró a su padre con los ojos muy abiertos.
—Hola —dijo Tomas con timidez.
Pedro se adelantó y se agachó, con una sonrisa en los labios. No hizo ademán de tocar a Tomas, sino que le tendió la mano.
—Hola, Tomas, me alegra mucho conocerte por fin —dijo Pedro en tono emocionado.
A Paula se le cerró la garganta y sintió ganas de llorar.
Tomas dudó un momento, pero enseguida colocó su mano en la de su padre y se dieron la mano con solemnidad.
—¿Eres mi papá de verdad? —preguntó el niño con el ceño fruncido.
—Sí, soy tu papá —le confirmó Pedro.
—¿Entonces por qué no vives con nosotros? —preguntó el niño con la franqueza habitual de los niños.
—Yo quería —dijo Pedro con una expresión de humor en la mirada. —Pero las cosas no salieron como yo las planeé. Sin embargo, a partir de ahora todo eso va a cambiar, Tomas —añadió.
—¿Vas a vivir con nosotros? —le preguntó el niño emocionado, como si los años que no hubieran estado juntos no contaran.
—Aún no hemos concretado los detalles —le dijo Pedro con pesar. —¿Verdad, mami? —dijo mirando a Paula.
—Eso lo hablaremos después, cariño. Por eso papá se va a quedar a cenar con nosotros.
Paula miró a Pedro con desesperación, al ver que él había aprovechado la oportunidad para imponer su dominio de la situación, ya que ella no podía discutirle nada delante de Tomas.
Tomas estaba totalmente ajeno a todo lo que pasaba entre ellos dos, y no dejaba de dar saltos de alegría.
—¡Qué guay! —exclamó antes de mirar a su padre con curiosidad. —Vamos a cenar espagueti. Es mi plato favorito. ¿El tuyo también? —preguntó con interés.
—Pues mira, Tomas, sí que lo es. Podría comer pasta hasta que me saliera por las orejas —confesó, y el niño se echó a reír.
Paula fue testigo del vínculo inmediato que se forjó entre padre e hijo. Después de tener a Tomas todos esos años para ella sola, era lógico sentir ciertos celos; aunque por
otra parte estaba contenta de ver que habían congeniado tan bien desde el primer momento.
Tomas era demasiado pequeño para recriminarle nada, y Pedro no dejaría nunca que Tomas viera la indignación que sentía.
—Tomas —interrumpió en tono suave, —¿por qué no llevas a tu padre al jardín y le enseñas tu casa del árbol?
Rápidamente, el niño agarró a Pedro de la mano y empezó a tirar de él hacia la puerta.
—¿Casa del árbol?
—¡Vamos, papi!
A Pedro no le dio tiempo a decir nada más; sólo pudo darse la vuelta y seguir a su hijo.
Paula los observó marchar y se sintió desorientada. Habían pasado tantas cosas en tan poco tiempo que aún no había podido asimilarlo. Ya no le pesaba que Pedro supiera su secreto por lo culpable que se había sentido todo ese tiempo, sino que imperaba una preocupación nueva. Porque Paula estaba angustiada por lo que Pedro quisiera exigirle.
Él le había dado a entender a Tomas que los tres iban a vivir juntos, pero no tenía idea de lo que pretendía en realidad.
Si tenía que volver con él para seguir junto a su hijo, desde luego lo haría. Pero le angustió pensar que el amor que Pedro había sentido por ella en el pasado se hubiera
desvanecido tras su abandono. Volvió a la cocina y se sorprendió al oír unas risas en el jardín. La risa de Tomas se mezclaba con la voz profunda de Pedro, y Paula se acercó a la ventana con una sonrisa en los labios.
Al ver al padre y al hijo tan contentos, se sintió más animada y experimentó dicha sólo de ver a sus dos seres más queridos disfrutando tanto el uno en compañía del otro. Preparó dos vasos de zumo de frutas y los sacó al jardín.
—Papá es demasiado grande para entrar en la casa del árbol —le explicó Tomas cuando vio a su madre.
—Ya os he visto —dijo Paula sonriendo.
Le pasó un vaso a su hijo y el otro a Pedro, que se incorporó para aceptar la bebida.
Con la otra mano le agarró la mano a Paula.
—Siéntate con nosotros —la urgió mientras le tiraba del brazo suavemente.
—Tengo que hacer la cena —protestó ella, aunque sabía que era una comida sencilla de preparar.
Pedro la miró a los ojos y sonrió.
—Vamos, he dicho que te sientes con nosotros —repitió en tono firme.
Ella vaciló un momento y entonces se sentó sin más protestas.
—Eso está mejor —añadió Pedro con satisfacción. —La cena puede esperar. Después de tanto tiempo sin disfrutar de mi hijo, tengo muchas ganas de estar con él.
El comentario le dolió.
—¿Cuántas veces tengo que disculparme por ello? —le dijo ella en voz baja para que Tomas no la oyera.
Pedro le echó una mirada burlona.
—Tantas veces como yo crea necesario. Cinco años es mucho tiempo.
Paula sonrió a Tomas, pero tenía el corazón triste.
—¿Y tengo que pagar por esos cinco años?
—Por cada hora, y por cada minuto —le confirmó él con dureza, mientras Tomas se subía al árbol bajo para sacar un tebeo que se había dejado dentro de la casa del árbol.
Aunque sabía que todo eso se lo había buscado ella, no le resultaba fácil.
—A lo mejor la venganza no te resulta tan dulce como esperas —señaló Paula con cierta tirantez.
Pero él se encogió de hombros.
—Es un riesgo que no me importa correr —declaró antes de tomarse de un trago el resto del zumo. —Vas a tener que cambiarte el nombre. A partir de ahora, nada de Chaves—le dijo.
Ella se preparó para la primera de sus exigencias.
—¿Por qué?
Pedro miró alrededor para asegurarse de que Tomas no lo oía antes de responder.
—Porque lo que le he dicho a Tomas iba en serio. Desde este momento vamos a ser una familia, que sólo tendrá un nombre: Alfonso.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario