sábado, 31 de diciembre de 2016
CAPITULO 15
Paula se estiró despacio como un gato hasta que fue consciente de que la almohada parecía subir y bajar muy ligeramente. Enseguida volvió la cabeza y reconoció inmediatamente a la persona que tenía a su lado.
Era Pedro. Y ella tenía la cara apoyada en su pecho y la pierna enredada con la suya.
Se sonrió mientras se deleitaba con aquel momento tan especial, sabiendo que muy pronto Pedro se despertaría y la realidad irrumpiría en escena. Despacio, muy despacio, le deslizó la mano sobre la piel sedosa, sobre el pecho fuerte y el estómago plano, hasta llegar a la zona de las caderas.
Parecía que Pedro estaba desnudo... Y tal vez ella lo estuviera también. No tenía nada en contra de que dos adultos estuvieran así en la cama, pero le extrañó que no se acordara de cómo había llegado allí, ni de lo que hubiera pasado después.
En ese momento, Pedro se movió un poco.
—¿Por qué has parado? Empezaba a ponerse interesante —dijo él con voz ronca.
Paula terminó de abrir los ojos y echó un poco la cabeza hacia atrás para poder verle la cara. Pedro la miró con aquellos ojos tan azules entrecerrados; tenía una pelusilla de un día.
—Estás desnudo —le dijo ella.
—Siempre duermo así. ¿Ya no te acuerdas, cara? Tú también empezaste a dormir así.
—Lo sé, ¿pero por qué estoy así ahora? ¿Qué pasó anoche?
—¡Cara, estuviste increíble! Tan apasionada que me dejaste sin respiración —le dijo fervientemente. —¿Cómo has podido olvidarlo?
Ella estuvo a punto de creérselo, pero entonces notó que él se estaba aguantando la risa.
—¡Te lo estás inventando! No pasó nada, ¿verdad?
—Sólo en mis sueños —reconoció.
—¿Entonces, por qué no llevo nada encima?
—Porque cuando te traje a la cama te desvestí. Y por pudor te dejé la ropa interior —para demostrárselo, Pedro estiró el encaje elástico de las braguitas y lo soltó.
—Podrías haberme despertado, para que me hubiera cambiado —argumentó Paula.
—Sí, podría —concedió mientras le deslizaba un dedo por el brazo hasta la turgencia del pecho. —Pero te hacía más falta dormir que ponerte un camisón; así que te dejé dormida como un bebé.
En ese momento, así pegada a él, y con los dedos peligrosamente cerca del broche delantero del sujetador, Paula no se sintió en absoluto como un bebé.
—Bueno, pues ahora estoy despierta —susurró en tono sugerente.
La sonrisa de Pedro fue de lo más picara.
—Mmm, justo a tiempo para un beso matinal —murmuró mientras se movía un poco para poder besarla.
El beso tuvo un efecto mágico y estimulante, despertó sus sentidos y encendió su deseo.
Mientras tanto, Pedro no había dejado de acariciarla. Le desabrochó el sujetador con facilidad y retiró la fina tela de encaje para acariciarle los pechos. Paula gimió al sentir la tensión en los pezones, y arqueó la espalda para sentir mejor sus caricias.
Cuando finalmente Pedro apartó sus labios de los suyos, los dos jadeaban ya.
—Tienes más que antes —dijo Pedro sonriendo mientras continuaba acariciándole los pechos.
Entonces bajó la cabeza y empezó a mordisquearle un pezón con los labios y la lengua; y Paula tuvo que hacer un enorme esfuerzo para poder contestar, porque lo que le estaba haciendo Pedro la estaba volviendo loca.
—Recuerda que tuve un bebé...
—Mmm... así tengo más que agarrar —respondió mientras terminaba de quitarle el sujetador.
Hacía tanto que Pedro no la tocaba, y estaba tan necesitada, que sabía que no tardaría mucho en perder el control. Como si Pedro se hubiera dado cuenta, dejó de prodigarle caricias a sus pechos y empezó a deslizar la mano sobre su estómago.
—¿Qué es esto? —preguntó al ver una marca brillante en el vientre.
—Es una estría. Tengo un par de ellas. ¿Te importa?
—En absoluto —respondió él mientras le acariciaba el vientre. —Son las orgullosas marcas de la maternidad que me recuerdan que has llevado a nuestro hijo en tu seno. Por esa razón siempre me parecerán bellas. Para mí tú eres bella, cara —le dijo con sinceridad, sin dejar de mirarla a los ojos para que viera que no le mentía.
Ella negó con la cabeza mientras notaba la presión y el calor de sus ojos.
—La mayoría de los hombres no pensarían como tú.
—Yo no soy la mayoría, amore. Soy tu marido, y sé lo que es la verdadera belleza.
En pocas palabras Pedro había conseguido disipar cualquier duda que tuviera ella sobre si su cuerpo era aún deseable o no. Lo amaba tanto que se le partía el corazón.
Entonces se olvidó de todo cuando Pedro empezó a besarla en el estómago y fue bajando despacio, muy despacio, hasta quitarle las braguitas. Quiso acariciarlo, pero tuvo que tumbarse cuando él le separó los muslos y buscó el centro palpitante de su sexualidad. La tocó y provocó con los dedos y la lengua, atizando las brasas hasta que la temperatura subió de tal modo que Paula se agarró a la sábana y alcanzó un orgasmo liberador.
—¡No, no! —rogaba entre gemidos— ¡Espera...!
Le habría gustado cabalgar juntos, llegar juntos a la cima.
Pedro debió de percibir su consternación, porque pasado un momento se colocó a su lado. Ella lo miró y vio que sonreía.
—No te enfades, cara —le dijo en tono suave. —Me complace complacerte.
—¿Y lo que yo quería, qué? —respondió en tono emocionado.
—Bueno, tal vez tú puedas hacer algo ahora —sugirió él en tono sensual. —Haz lo que quieras, no te voy a parar los pies.
Y para subrayar la invitación, se tumbó en la cama y esperó.
Paula se volvió bocabajo y lo miró.
—¿Sabes?, a lo mejor acaba pesándote.
Él sonrió pausadamente.
—Tal vez me arrepienta de muchas cosas en mi vida, pero de que me hagas el amor jamás.
Sus palabras le hicieron sentir un sinfín de emociones. Le haría el amor en el verdadero sentido de la palabra; le daría expresión física a lo que ella no se atrevía a decir. Él no creía que ella lo amara, que lo hubiera amado jamás, y era mejor que continuara pensándolo.
De modo que al principio fue con mucha suavidad, empezó por el pecho, recordando todas las cosas que años atrás le había hecho para excitarlo, para hacerle perder el control.
Pronto descubrió que la imaginación que utilizaba para excitarlo estaba también excitándola a ella; y que sus provocativas caricias estaban teniendo el efecto deseado cuando finalmente llegó hasta su miembro viril, que estaba duro como una roca.
Aunque a Paula le parecía muy, muy erótico ser capaz de causarle a Pedro ese efecto, deseaba más, mucho más, sobre todo que él perdiera el control como lo había perdido ella. Paula sabía que no tardaría mucho, y por eso mismo no hizo inmediatamente lo que él esperaba que hiciera, sino que se sentó a horcajadas sobre sus piernas y le acarició los potentes muslos, provocándolo con la proximidad y a la vez evitando el tan deseado contacto.
Cada vez que se acercaba, veía cómo se contraían los músculos del estómago, y ella le sonreía con una sonrisa picara que trataba de ocultar el deseo que se tensaba ya en su vientre.
—¿Qué tal lo estoy haciendo? —le preguntó ella cuando vio que él abría los ojos.
—Lo estás haciendo adrede, ¿verdad, cara? —le dijo en voz baja.
Ella se echó a reír.
—Puedo dejarlo si quieres —se ofreció ella.
—¡Hazlo, y no seré responsable de lo que pase después!
Paula sintió la tentación de averiguarlo, pero su propio deseo era tan fuerte como el de Pedro.
Agachó la cabeza para acariciarlo con su melena, de tal modo que Pedro reaccionó como ella esperaba: empezó a mover las caderas y a gemir y a maldecir en italiano mientras aspiraba hondo y apretaba los dientes para no perder el control.
Pero como Paula no deseaba eso, se sentó muy despacio encima de él, gimiendo de placer a medida que sentía la fuerza de su miembro. Quería volverlo loco con sus movimientos inmediatamente; pero muy pronto se dio cuenta de que también ella estaba perdida. No había manera de excitarlo sin excitarse ella.
Al sentir su debilidad, Pedro se hizo de nuevo con el control y comenzó acariciándole los pechos, moldeándolos, provocándole los pezones con pellizcos y caricias, y atizando más aquel deseo. Sus gemidos y todos sus movimientos se hicieron más intensos, hasta que Pedro la agarró de la cintura para que dejara de moverse.
—Espera —la urgió con voz gutural, mientras le acariciaba la espalda, instándola a que volviera a sentarse encima de él. —Esta vez lo haremos juntos —le susurró en los labios.
Cuando Pedro empezó a moverse dentro de ella, embistiéndola cada vez más deprisa, ella lo rodeó con las piernas y siguió su ritmo. A los pocos minutos habían alcanzado un punto sin retorno y sólo había un sitio donde ir.
Su clímax fue tan potente que los dos gritaron al unísono, aferrándose a las deliciosas oleadas de placer que los elevaban hasta alturas mareantes para descender lentamente. Durante unos prolongados instantes todo quedó quieto, y los únicos sonidos que se oían eran los latidos de sus corazones y su respiración agitada.
Sin embargo, pasado un rato, también eso se calmó, y descansaron el uno en brazos del otro, satisfechos por fin.
Más que medio dormido, Pedro los cubrió a los dos con la sábana de seda.
—Duerme ahora, cara —le dijo con suavidad, y cerró los ojos mientras Paula se acurrucaba junto a él.
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