sábado, 31 de diciembre de 2016

CAPITULO 14






La cena fue una ocasión para la diversión, y las risas se oyeron a menudo alrededor de la mesa del patio donde estaban cenando para disfrutar de la cálida brisa del mar.


Pedro estaba tan relajado que Paula decidió olvidarse temporalmente de los problemas y disfrutar del momento. Eleanora les contó muchas historias sobre su nieto, y Tomas y ella se rieron muchísimo con las travesuras y anécdotas de la infancia y adolescencia de su padre.


—Por supuesto, tu padre tenía que hacer todo solo —le dijo Eleanora a Tomas en tono confidencial. —Pero estoy segura de que mamá y papá querrán darte un hermanito o una hermanita con quien jugar. A lo mejor dos o tres incluso —añadió, sonriendo a Pedro y a Paula con simpatía.


—Aún no lo hemos pensado —dijo Pedro.


—Pues deberíais. El tiempo pasa y tú ya no eres tan niño, ¿sabes?


—Vaya, gracias por decirlo, abuela.


Paula se echó a reír y, momentáneamente protegida por el papel que estaba representando, se inclinó hacia él y le agarró la mano con fuerza.


—No importa, cariño, yo te seguiré queriendo cuando seas viejo y tengas arrugas — le dijo en tono de humor, aunque le dio un vuelco el corazón cuando él alzó la mirada ante su audacia. —Me encantaría tener una hija. Los niños son estupendos, pero no puedes ponerles bonitos vestidos como a una niña. Dos serían mejor, y luego un niño para equilibrar. ¿Qué te parece eso?


—Creo que vas a estar muy ocupado, Pedro —comentó Eleanora riéndose.


Sofie vio un brillo distinto en la mirada de su marido, que la sorprendió llevándose su mano a los labios para besarla.


—Creo que eso deberíamos discutirlo en privado —dijo él con voz ronca, mientras le apretaba los dedos un poco más de lo necesario.


Durante el resto de la cena la conversación derivó a temas más mundanos. Y una hora después, Paula llevó a un agotado Tomas a la cama, donde el niño se quedó dormido antes de tocar la almohada con la cabeza. Sonriendo con dulzura, ella lo tapó, le dio un beso en la frente y volvió junto a los otros.


Pedro y Eleanora seguían sentados a la mesa tomando café, pero cuando ella llegó Pedro la agarró de la mano, sorprendiéndola.


—Ven a dar un paseo conmigo —la invitó. —Las vistas son espectaculares, y hace una noche muy buena.


—Sí, id —añadió la abuela con una sonrisa deslumbrante. —El jardín es un lugar muy romántico.


Paula sonrió.


—¿Romántico? Mmm, me suena bien. —Yo vigilaré a Tomas, no os preocupéis —le dijo Eleanora a Pedro.


—No nos esperes levantada. A lo mejor tardamos un rato


Su abuela se echó a reír y los empujó para que se marcharan.


Avanzaron por la terraza y bajaron las escaleras para acceder al jardín de estilo italiano, una explosión de verdor y colorido, de aromas intensos y balsámicos.


Resultaba no sólo muy romántico, sino muy relajante.


—Y dime, Paula —le dijo Pedro cuando se habían alejado un poco de la casa. —Te gusta besarme, ¿no? —Paula se dijo que de nada serviría mentir.


—Besas muy bien, Pedro.


—Mmm, la verdad es que tú también. El sexo siempre ha sido estupendo entre nosotros. Qué pena que no pudieras vivir con el resto —le dijo en tono seco.


—Agua pasada no mueve molino. Ahora estoy aquí haciendo lo que tú quieres — señaló cansinamente.  Podrías tratar de contenerte un poco, ¿sabes?


Para su sorpresa, Pedro no le respondió con uno de sus habituales comentarios irónicos.


—Eso no me resulta fácil, cara.


—¿Por qué? No me voy a marchar a ningún sitio. Si quiero a mi hijo, tengo que quedarme donde estés tú. Sabes que yo no podría dejarlo nunca, de modo que tengo que hacer lo que me digas. Si eso significa fingir delante de tu abuela que nos amamos, pues que así sea. Haría cualquier cosa para no perder a Tomas.


Pedro se detuvo y se volvió hacia ella.


—Me dijiste que me amabas, pero de todos modos me abandonaste —le recordó en un tono más suave del que había utilizado hasta entonces.


Ella negó con la cabeza, desesperada.


—Eso fue distinto; yo... tuve que irme... Pero si dejara a Tomas me moriría. ¿Es eso lo que quieres? ¿Sería suficiente para apagar tu sed de venganza?


Pedro se pasó la mano por el pelo y maldijo entre dientes.


—Antes lo pensaba, pero ahora... Ahora no estoy tan seguro. Quiero seguir odiándote, pero esto que pasa entre nosotros no deja de interponerse. ¿Por qué has tenido que tocarme antes?


—¿Cómo? —respondió con verdadero asombro.


Al mirarlo vio una emoción fiera ardiendo en sus ojos.


—He hecho todo lo posible por no acercarme a ti; pero tú tenías que probar, ¿no, cara? Lo has echado todo a perder.


Ella abrió los ojos como platos mientras asimilaba lo que él le decía.


—¡No! —exclamó ella.


Pero él sonrió con tirantez.


—Sí. Lo has echado todo a perder. Maldita seas, Paula, te deseo tanto que es como si me clavaran cuchillos en el corazón —declaró con una pasión que a Paula la dejó sin respiración.


—Pero me dijiste que no me amabas —balbuceó ella.


Aunque ella no lo había creído, su furiosa confesión la había afectado de todos modos.


—Mentí —dijo él entre dientes, soltándola y dando unos pasos. —Seguí tu ejemplo y mentí.


—¿Mentir? —repitió, sabiendo que parecía tonta, pero incapaz de pensar con claridad. —¿Por qué?


Pedro negó con la cabeza y se echó a reír.


—Porque estaba enfadado. Después de enterarme de lo de Tomas, no podía ya intentar acostarme contigo para vengarme, porque había otras formas de hacerlo. Pero tú siempre has sabido que te deseaba, a pesar de lo que dije.


Ella se dio cuenta entonces de que, después de todo, no tendría que seducirlo...


—¿De verdad? —dijo mientras se cruzaba de brazos, tratando de hablar con serenidad.


—No te hagas la tímida, cara. Más o menos es lo que me dijiste hace un par de horas.


Lo cual, como era verdad, no podía negar.


—Sin embargo, es un deseo a regañadientes, ¿verdad? —le dijo ella. —Preferirías no sentirte así.


Pedro se encogió de hombros.


—¿Qué hombre en sus cabales querría reconocer que todavía desea a la mujer que lo abandonó; a la mujer que le negó el derecho a saber que tenía un hijo? Bueno, lo he reconocido, lo cual quiere decir que debo de estar loco; porque tú tienes algo, cara, que me atrae a pesar de mí mismo. Sé que me has mentido, y sospecho que harás lo mismo en el futuro, pero eso no me impide desearte. Mi necesidad es mayor que mi sensatez. ¿No es eso lo que querías oír?


Paula desvió la mirada y la fijó sin ver en las aguas de la bahía. ¿Cómo podía ser tan estúpida aquella situación suya? 


Allí no se trataba de amor o de confianza, sino de deseo; del deseo que sentían el uno por el otro y del que no se habían olvidado en esos años.


A la luz de la luna, notó un brillo pícaro en su mirada.


—No hay nada que te impida tocarme ahora —la invitó él en tono sensual.


—¿Aquí fuera? —respondió ella, con el corazón en la garganta.


—¿Por qué no? —le dijo en tono de desafío, mientras daba un paso para salvar la distancia entre los dos. —¿Ahora quieres echarte atrás, cara?


Paula negó con la cabeza, miró hacia la casa y vio a Eleanora sentada a la mesa de la terraza.


—No, pero tu abuela puede vernos.


Una sonrisa sensual asomó a sus labios, y Pedro le puso la  mano en la cadera para empujarla hacia delante.


—Mucho mejor entonces; porque queremos que vea lo felices que somos. Así que... cuando quieras...


Se creía tan listo. Seguramente creería que ella se iba a arredrar delante de la abuela; pero era mucho más valiente que todo eso.


—¿Estás seguro de que quieres que haga esto? —le preguntó ella mientras deslizaba las palmas de las manos hasta la abertura del cuello de la camisa y le acariciaba el cuello.


La respuesta de Pedro fue la de estrecharla contra su cuerpo.


—Estoy dispuesto si tú lo estás —susurró él, encendiendo su deseo.


—De acuerdo —murmuró suavemente.


Ella le agarró la cara con las dos manos y empezó a besarlo provocativamente hasta llegar a la barbilla y subir un poco más hasta los labios.


Se excitó al escuchar los leves jadeos de Pedro cuando empezó a mordisquearle el labio inferior, o cuando le pasó la lengua por encima. Sonriendo, Paula ladeó la cabeza para besarlo mejor con los labios y la lengua. Al final fue Pedro quien tuvo que sujetarla para que no siguiera. Sólo entonces Paula aceptó la invitación y empezaron a besarse en la boca. Sus lenguas se enredaron en una danza sensual que le calentó la sangre y encendió un fuego en sus entrañas.


Llegado ese momento se habían olvidado de la abuela, y un beso dio paso al otro, cada uno más erótico que el anterior, hasta que el deseo fue tan ardiente e intenso como un volcán en erupción. Finalmente se separaron y se miraron, jadeando.


—Había olvidado lo bien que besas —le dijo Pedro.


—Te quise advertir—respondió Paula —¿Pero... crees que hemos convencido a tu abuela?


Los dos miraron hacia la terraza, pero la mesa estaba vacía.


—Se ha ido —observó Pedro —Seguramente no ha querido quedarse a mirar; la escena ha sido un poco tórrida.


—Deberíamos entrar. Tu abuela habrá sentido vergüenza —propuso Paula, que también estaba bastante avergonzada.


—Bueno, mi abuela no es tonta, pero creo que tienes razón. Deberíamos entrar. Tengo que hacer una llamada —añadió Pedro en tono serio.


Paula estaba a punto de decir algo cuando oyeron un grito ahogado.


—¡Ése es Tomas! —exclamó Paula —Se habrá despertado —añadió.


Subió por el camino del jardín apresuradamente, con Pedro detrás, y casi había llegado cuando salió Eleanora Alfonso.


—Tomas se ha despertado. Quiere que vayas tú, Paula.


Paula se dijo que Eleanora debía de haberlo oído antes, seguramente mientras ellos se besaban, ajenos a todo lo demás. ¡Qué vergüenza sentía!


—Tengo que ir. Perdonadme.


Paula desapareció rápidamente en el interior de la casa.


Eleanora se volvió hacia su nielo.


—Qué interesante. No habría imaginado que la mujer de quien me hablaste hace todos esos años pudiera sonrojarse.


Pedro asintió despacio


—No, es cierto —frunció el ceño. —A veces Paula es como un libro abierto; y otras un misterio.


Su abuela se echó a reír.


—Una verdadera mujer —señaló sabiamente.


—Abuela, ¿te importa si me meto en tu despacho un rato? Tengo que ocuparme de un asunto de negocios. Ya que mi esposa está ocupada, será mejor que me ocupe mientras —decidió, mientras se agachaba a darle un beso a su abuela. —Buenas noches, te veré por la mañana.


Cuando terminó de hacer una serie de llamadas de teléfono, casi una hora después, Pedro fue al dormitorio de Tomas. El niño estaba dormido en la cama, y Paula se había quedado dormida en la silla. Entró en silencio, la tomó en brazos y la llevó a la cama.


Entonces la tumbó con cuidado y le quitó toda la ropa salvo la ropa interior, y finalmente la tapó con la colcha.


Por un instante la observó, deseando poder entrar en su mente y saber qué pasaba allí. Como sabía que eso era imposible, suspiró y se metió en el baño a darse una ducha. 


Cuando salió Paula no se había movido de la cama, así que dejó a un lado la toalla que llevaba a la cintura y se metió con ella bajo el cobertor. Al poco, los dos dormían






No hay comentarios:

Publicar un comentario