sábado, 31 de diciembre de 2016
CAPITULO 19
Quince minutos después, cuando bajó a desayunar, vestida con pantalones cortos y camiseta de tirantes, Paula sabía que su aspecto era normal. Por dentro estaba alterada, pero no se le notaba por fuera.
Pedro dijo que tenía trabajo después del desayuno, así que ella se llevó a Tomas a la piscina. Pasaron un par de horas juntos, Tomas practicando lo que había aprendido con su padre, mientras ella lo observaba desde el bordillo.
Después de los juegos en el agua, Paula y Tomas jugaron un rato a la pelota hasta que el niño se aburrió.
Cuando le dijo que tenía hambre, Paula le sugirió volver a casa a almorzar.
Al llegar vieron a Eleanors saliendo de la casa; para sorpresa de Paula, parecía un tanto preocupada.
—¿Qué ocurre? —le preguntó Paula al ver que la mujer se retorcía las manos.
—Bueno, no es nada. Estoy segura de que no pasa nada, pero es que esos acantilados son tan peligrosos... —respondió con cierta confusión.
Paula estaba un poco perdida.
—¿Por qué no nos sentamos un momento y me lo explicas mejor? —le sugirió, y se sentaron los tres a la mesa.
—Bueno, todo empezó cuando un hombre llamó a la puerta. Estaba bastante nervioso. Aparentemente, su perro se había caído por el acantilado, y no tenía nada con qué rescatarlo. Naturalmente, llamé a Pedro, y él buscó una cuerda y otras cosas y se marchó con el hombre.
A Paula se le encogió el estómago, aunque no sabía aún por qué.
—¿Era un hombre de la zona?
—No, era inglés; dijo que estaba de vacaciones. Para serte sincera, Paula, tenía algo que no me gustó.
Paula comprendió entonces su reacción inicial, la corazonada, y se le aceleró el pulso.
—¿Dime, era más o menos de mi estatura? ¿Con el pelo castaño y corto, y los ojos grises?
Eleanora abrió los ojos como platos.
—Pues sí. ¿Es que lo conoces?
¿Que si lo conocía? Tenía que ser Gabriel Benson. No tenía ni idea de lo que había pretendido contándole ese cuento chino sobre un perro a Pedro, pero le daba muy mala espina.
Comprendió rápidamente que tenía que ir a buscarlos.
—Sí, creo que sí. Eleanora, tienes que cuidar de Tomas. Yo voy a ir a buscar a Pedro. ¿Sabes dónde pone las llaves del coche? —le preguntó Paula, tratando de no preocupar ni a Eleanora ni a Tomas.
Por la cara que puso Eleanora, Paula se dio cuenta de que comprendía que algo no iba bien, pero no perdió tiempo preguntando más.
—Seguramente las llevará encima. Llévate mi coche. Las llaves están detrás de la puerta.
Paula se levantó apresuradamente.
—Tomas, pórtate bien y quédate con tu bisabuela.
—De acuerdo, mami —le respondió, con los ojos como platos.
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