sábado, 31 de diciembre de 2016
CAPITULO 16
Paula se dio una ducha, se puso unos pantalones cortos y fue en busca de los otros.
Los encontró sentados a la mesa de la terraza, donde quedaban los restos de un desayuno sustancial.
Junto a la puerta, antes de salir, Paula se detuvo un momento a contemplar la escena. Dos cabezas morenas pegadas, y Pedro atento a algo que Tomas le susurraba al
oído. Eran tan parecidos que sintió como si el corazón fuera a estallarle de la emoción.
—Buenos días. Hace una mañana preciosa —saludó en tono enérgico para disimular su turbación.
Tres cabezas se volvieron hacia ella. Fue Eleanora la primera que le tendió la mano, y Paula se la dio y se agachó a darle un beso en la mejilla a la mujer.
—Buenos días, Paula ¿Has dormido bien? —le preguntó Eleanora.
—Muy bien, gracias —respondió Paula, aunque se estaba fijando en Pedro, que parecía mirarla con interés.
—¿A mí también me toca uno de ésos? —dijo con zalamería.
—Por supuesto —respondió Paula mientras se inclinaba para darle un beso en la mejilla.
Pedro movió la cabeza para que se lo dieran en los labios.
—Yo también he dormido muy bien —le susurró él.
Paula se sonrojó ligeramente.
—Y bien —empezó a decir Eleanora cuando Paula se sentó y llegó el ama de llaves con un plato de cruasanes y café recién hecho. —¿Tú también vas a nadar?
Paula sabía que Pedro iba a enseñar a Tomas a nadar esa mañana.
—Creo que hoy voy a hacer un poco el vago —respondió Paula. —Pero me apunto a ver cómo lo hacen.
Paula no pensaba dejar que Tomas diera su primera clase de natación sin estar ella allí para asegurarse de que todo iba bien. Pedro era un buen nadador, pero como madre tenía que estar con ellos por si la necesitaban. Y también para animar a Tomas.
El ama de llaves volvió para decirle a Pedro que lo llamaban por teléfono. Cuando regresó de atender la llamada, Paula casi había terminado de tomar su segunda taza de café.
Eleanora se había llevado a Tomas dentro a ponerse el bañador y los manguitos que le había comprado, y Paula se había quedado sola para disfrutar de la paz y la tranquilidad.
—¿Ocurre algo? —le preguntó ella cuando Pedro se sentó enfrente.
—En absoluto. Afortunadamente, se ha resuelto el problema con facilidad —apoyó el codo en la mesa y la cabeza en la mano y la observó con mirada nostálgica.
—Menos mal... —Paula frunció el ceño al ver que la miraba fijamente. —¿Tengo mermelada en la nariz, o algo así? —preguntó ella.
—No, sólo estoy disfrutando del paisaje —le respondió con galantería.
—Y yo, hasta que te has sentado tú enfrente —su tono burlón provocó una mirada picara en aquellos ojos de un azul tan intenso.
—Eso no se dice, cara. Vas a tener que pagar por ello.
Ella sonrió de oreja a oreja.
—No lo creo —apuró la taza de café y la dejó a un lado. —Creo que voy a ver qué hace Tomy.
Se puso de pie inmediatamente, pero antes de poder dar un paso, Pedro la agarró del brazo y tiró de ella para llevarla hasta donde estaba él sentado.
—¡De eso nada, cara, tú no te libras con tanta facilidad! —la amenazó mientras ella hacía lo posible para resistirse.
—¡Bruto! ¡Filisteo! —exclamó, muerta de risa.
Pero como Pedro era más fuerte, no había duda de cómo terminaría aquello. Bastó un tirón final para que ella aterrizara en su regazo.
—Discúlpate —le ordenó Pedro mientras trataba de hacerle cosquillas en la cintura.
—¡Jamás! —exclamó Paula, antes de que le diera un ataque de risa de las cosquillas.
Con el movimiento, Pedro le rozó el pecho, y los dos se miraron.
—Vaya, qué conveniente, ¿verdad? —declaró Pedro en tono ronco y sensual.
—Te darás cuenta de que tu abuela y Tomas pueden aparecer en cualquier momento —le recordó ella, mientras trataba de ignorar el placer que le proporcionaba el roce de su mano.
—Entonces será mejor que te disculpes rápidamente —Pedro sonrió.
Ella negó con la cabeza.
—¡Ni muerta!
Paula sintió un gran alivio al oír la voz de su hijo.
—Te has salvado por los pelos —dijo Pedro al oír a Tomas que se acercaba con su abuela.
Pedro la ayudó a ponerse de pie, y a Paula le dio tiempo a estirarse un poco la ropa antes de que Eleanora y Tomas salieran de la casa.
Paula sonrió al ver a Tomas, que no sólo llevaba un alegre bañador azul eléctrico, sino que también tenía los manguitos ya inflados y colocados en los brazos.
—¿Podemos irnos ya? —le preguntó a su padre con emoción.
Pedro asintió, se puso de pie y le dio la mano a Tomas.
—¿Vienes, mamá? —le preguntó el niño.
—Pues claro —Paula se volvió a mirar a Eleanora. —¿Quiere venir con nosotros?
—Id vosotros tres —dijo Eleanora con una sonrisa. —Tengo algunas cosas que hacer, pero iré dentro de un rato. ¡Pasadlo bien!
Lo pasaron muy bien en la piscina. Tomas no tuvo miedo de meterse en el agua, y aunque Paula estaba un poco inquieta al principio, enseguida se dio cuenta del cuidado que tenía Pedro con su hijo. Era un profesor estupendo, y tenía más paciencia que un santo. Al poco rato y con la ayuda de los manguitos, Tomas movía las manos y los pies de un lado al otro de la piscina.
Paula suspiró de contenta mientras los observaba a los dos y pensó que, por primera vez en muchísimo tiempo, se sentía verdaderamente feliz. Al menos de momento, todo lo que deseaba lo tenía allí: donde debía estar.
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