sábado, 31 de diciembre de 2016
CAPITULO 5
—Lo siento, cometí un error.
Él soltó una risotada vacía.
—Desde luego que sí. Abandonarme no fue lo correcto. Estás en deuda conmigo, Paula, y ahora que te he encontrado, tengo toda la intención de cobrármela.
Paula lo miró fijamente, sabiendo que ésa era una de las razones por las que se había escondido. Ella siempre había sabido que Pedro era un hombre apasionado, y que su rabia sería tan amenazadora como el amor que decía sentir por ella. Tal vez la había amado, pero eso no le había impedido tener un lío con otra. Sin embargo, por mucho que él quisiera respuestas, ella no tenía ninguna, ya que no se atrevía a dejar que él adivinara su secreto por miedo a lo que pudiera hacer.
De modo que tenía que contenerse y ser tan firme en su resolución como lo había sido cuando lo había dejado.
—No te debo nada. Si te hice daño, lo siento, pero hice lo mejor para todos. Vuelvo a decírtelo. Olvida que me conociste un día, Pedro. No estábamos hechos el uno para el otro. Celebra tu reunión y márchate a casa, por favor.
Pedro se rió de ella.
—Sólo porque en el pasado consiguieras que yo hiciera por ti todo lo que me pedías, no imagines que todavía puedes hacerlo. Me quedaré aquí hasta que arregle todos mis asuntos.
No era lo que ella quería escuchar, y de nuevo se puso nerviosa.
—Bien. Quédate, pero no me molestes. No eres bienvenido, Pedro —le dijo en tono cortante, pensando que no podría hacer nada más.
Él entrecerró sus ojos azules, con desconfianza.
—¿Por qué? ¿Porque me has sustituido? ¿Estás acaso con el hombre con quien te he visto hablando? ¿Qué has hecho con él? ¿Le has mandado a algún recado para poder largarte?
Tan cerca estaba de la verdad que Paula se sintió incómoda; porque desde que había salido a la terraza no había vuelto a acordarse de David.
—David está acostumbrado a mí. No le importará.
Al menos, eso esperaba.
Él arqueó una ceja.
—Pobre hombre, que lo despidan con tan poco cariño. Tal vez debería decirle que está saliendo con una mujer casada.
Como no quería que le hablara a nadie de ella, Paula tuvo que dejarle claro al menos eso.
—No tienes que preocuparte por David, porque es mi jefe —le corrigió rápidamente.
—Será mejor que sea cierto, amore. No me gustaría que terminaras este primer encuentro conmigo con una mentira —le aconsejo en tono suave sin dejar de mirarla a los ojos.
—La primera y la última —le corrigió ella en tono firme, aunque empezaban a temblarle las piernas.
—Esto no ha terminado. Nos volveremos a ver, Paula. Ahora, aunque me gustaría quedarme y continuar esta fascinante conversación, tengo que atender una conferencia telefónica le informó mientras retrocedía unos pasos.
Paula se puso derecha.
—¡Por favor, aléjate de mí, Pedro! —le suplicó mientras él se retiraba.
—Me temo que eso es imposible. Sobre todo ahora que te he vuelto a encontrar — añadió con frialdad.
Antes de que ella pudiera decir nada más, él se había marchado.
Nada más perderlo de vista sintió que le fallaban las piernas y tuvo que apoyarse en la pared. ¡Por qué tenía que pasarle eso a ella! ¿Cómo era posible que la vida se volviera en contra suya de ese modo, después de lo que había pasado?
Parecía que el destino había decidido darle a Pedro una segunda oportunidad para equilibrar la balanza. Sólo que el destino parecía no tener en cuenta que había algo más en juego aparte de tener que explicar su comportamiento de seis años atrás. En el presente tenía todavía más que perder que entonces, y la mera posibilidad la aterrorizaba.
—¡Es más difícil seguirte el rastro que a mi sobrina de tres años! —David apareció de repente delante de ella.
Paula se sintió culpable por haberle abandonado dos veces en una noche, y rápidamente reaccionó y recuperó la compostura.
—Lo siento, David. He salido a tomar un poco el fresco.
—Ya te he visto —dijo él en tono seco.
Paula se sonrojó.
—Ése es el hombre del traje que te dije antes. ¿Quién es?
Paula sabía que si negaba saber nada, quedaría después en ridículo si se descubría la mentira; así que le dijo la verdad.
—Se llama Pedro Alfonso. Está aquí en viaje de negocios —le reveló, sabiendo que David se enteraría de eso con preguntarlo en recepción.
El frunció el ceño.
—¿Alfonso? Me pregunto por qué me suena ese nombre.
A Paula se le encogió el estómago, ya que no había considerado que David pudiera haber oído hablar de Pedro.
—Tal vez lo hayas visto en los periódicos —sugirió ella, esperando concluir con la especulación.
—Seguramente —concedió David en tono afable. —¿Y bien, cuándo vas a volver a verlo?
Ella no pudo evitar ponerse tensa ante la sencilla pregunta de David.
—No voy a volver a verlo —negó instantáneamente, para sorpresa de David. —¿Por qué me haces esa pregunta tan tonta? —añadió con una risa nerviosa con la que no consiguió engañarlo.
—Porque he visto cómo te miraba cuando estabas en el estrado, y si alguna vez en mi vida he visto un hombre interesado en una mujer, era él.
Paula tuvo que contener una risa descontrolada.
—David, estás muy equivocado.
Haciendo oídos sordos a la indirecta tan poco sutil, David negó con la cabeza.
—No lo creo. ¡No te quitaba los ojos de encima!
Paula no pudo soportarlo más.
—Sólo estábamos hablando. ¡No tengo intención alguna de volver a verlo! —insistió con afán.
—Lo siento, Paula —se disculpó David, bastante sorprendido. —Sólo pensé que... Bueno, no importa. Me callo ya...
Paula se sintió mal.
—Siento haber saltado de ese modo —se disculpó Paula, que de pronto se sentía agotada. —¿Te importaría que me fuera a casa ahora, David? Estoy cansadísima.
—Pues claro que no, Paula. Se te ve que no puedes más —declaró con preocupación. —Has conseguido que lodo pareciera tan fácil, que ni he pensado en lo cansada que podrías estar. Has hecho un trabajo estupendo esta noche, y estoy muy orgulloso de ti —añadió mientras la agarraba del brazo y la acompañaba fuera.
A esa hora de la noche el trayecto entre el hotel y su casa no se prolongó demasiado. David la acompañó hasta la puerta, y luego se marchó agitando la mano amigablemente. Paula abrió la puerta de su casa, entró y la cerró despacio. Se detuvo un momento y se fijó en las escaleras, y seguidamente accedió al salón, donde había una joven sentada en el sofá. Al oírla entrar, la joven levantó la vista del libro que tenía sobre el regazo y sonrió.
—Hola, Ana, ¿todo bien? —le preguntó Paula, observando a la mujer que empezaba a recoger sus cosas para marcharse.
—Ni pío en toda la noche —le informó la joven, mientras aceptaba el dinero que le daba Paula. —Dame un toque cuando me necesites otra vez.
—Lo haré. Gracias, Ana —Sofie acompañó a la chica a la puerta y se quedó mirándola mientras cruzaba a la casa de al lado y abría la puerta.
Entonces Paula entró en casa y se acercó a una puerta que estaba ligeramente entreabierta.
La empujó con cuidado, entró en la habitación y se acercó a la cama, fijándose en la pequeña figura que dormía tranquilamente. El corazón se le encogió de dolor, porque
el angelito de cabello negro era la viva imagen de Pedro.
Aquél era el secreto que tanto temía que se descubriera. Si Pedro quería vengarse por el modo en que ella lo había
abandonado, ¿qué haría si se enteraba de que le había ocultado que tenía un hijo?
Paula se acobardó mientras pensaba en lo que podría pasar si Pedro se enteraba. Le acarició la cabeza a Tomas con mano temblorosa, y el niño suspiró ruidosamente. Paula
esperó hasta estar segura de que seguía dormido antes de darle un beso en la frente y salir de la habitación en silencio.
En el pasillo, apoyó un momento la mano en la pared
para serenarse un poco. ¿Qué podría hacer? ¿Por qué tenía que ser ella quien lo pasaba tan mal cuando había sido Pedro el que la había traicionado? La respuesta le
llegó con claridad: no se subsanaba un error cometiendo otro. Y como antes o después la vida se cobraba todo, parecía que había llegado el momento de pagar por su pecado de omisión.
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