sábado, 31 de diciembre de 2016

CAPITULO 12





VOLARON al sur de Francia a finales de julio. Pedro se había quedado en el norte una semana, había estado con Tomas todos los días, y los dos habían forjado un vínculo
que se había vuelto indisoluble. Con Paula había estado amable, pero ella se había dado cuenta de que había levantado otra barrera más; a diferencia de con Tomas, con
ella mantenía las distancias. Cuando Pedro había tenido que volver a Londres a trabajar, había llamado a Tomas todas las noches para charlar con su hijo, mientras que las conversaciones con ella no habían pasado de ser exclusivamente formales. Él le había dicho lo que quería hacer, y ella le había hecho caso.


Tomas estaba contentísimo de irse a vivir con su padre y su entusiasmo por las vacaciones era similar. Paula escuchó todas las cosas que su hijo quería hacer, pero con el corazón encogido. Sin embargo, nunca había demostrado sus verdaderos sentimientos, y en lo que a Tomas se refería, estaba tan contenta con todo como lo estaba él.


Pedro había reservado billetes de primera clase, que era una novedad tanto para Paula como para Tomas, que nunca había volado en avión. Sin embargo, poco después del almuerzo, el niño se quedó dormido.


—¿Tu abuela sabe que vamos?


—Pues claro —respondió Pedro. —¿Por qué, estás preocupada por algo?


—¿Qué sabe ella de lo que pasó entre nosotros? —le preguntó Paula con inquietud, pensando que tal vez la abuela de Pedro no la recibiera demasiado bien.


Pedro se rió sin ganas.


—No te preocupes, no le dije que me dejaste porque mi dinero te pareciera insuficiente; o porque te encantaba el sexo, pero no vivir conmigo. Le dije que tuvimos una discusión estúpida que nos ha mantenido separados todo este tiempo. Pero que ahora hemos hecho las paces y decidido hacer vida en familia.


Paula sabía que no iba a ser tan fácil como lo ponía él.


—¿Y te creyó?


—Eso ya no puedo decirlo —se encogió de hombros. —Pero pronto lo averiguaremos.


—Sí, claro... ¿Viste a mis padres ahora cuando has ido a casa? —le preguntó ella.


Pedro la miró un momento con expresión irónica.


—Sí —respondió sin más.


Paula aspiró hondo, preguntándose cuándo concluiría su necesidad de castigarla.


—¿Y cómo están? —le preguntó, sabiendo que no le quedaba más remedio si quería saber más cosas.


—Están muy bien, y contentísimos de que estemos de nuevo juntos. Les sorprendió un poco que no los llamaras tú, pero les expliqué lo atareada que estabas con la mudanza —dijo con naturalidad. —¿Por qué no se lo dijiste, cara? ¿Te daba miedo?


Paula notó que se ponía colorada y se enfadó por lo que él le decía.


—¿Qué esperabas que les dijera? Ah, sí, por cierto, me encontré a Pedro el otro día y me está haciendo chantaje para que vuelva con él —le soltó en tono indignado.


Pedro se echó a reír con dureza.


—Decir la verdad sería romper con un hábito de toda la vida —le respondió tajantemente. —Sólo tenías que inventarte otra mentira —continuó provocándola él.


Paula estaba que echaba humo.


—Cuando se trata de mentir, a ti se te da bastante bien —le dijo ella en tono ronco.


Por supuesto se refería a lo que él le había hecho. Pedro, sin embargo, parecía estar pensando en el presente.


—Las mentiras piadosas no le hacen daño a nadie. Las otras más serias son las que destruyen —le respondió enfadado.


Ella lo miró fijamente.


—¿Estás diciendo que yo te destruí a ti?


El sacudió la cabeza y sonrió.


—Yo no te dejé. Decidí que un día me vengaría de ti por haberme abandonado así.


Ella lo miró a los ojos, pero sólo se vio reflejada en ellos.


—Ten cuidado, Pedro. La venganza puede destruir al que la busca —le advirtió Paula.


Él puso cara de guasa.


—¿Te preocupa mi conciencia, cara? ¿O sólo te preocupa tu persona?


Paula se inclinó para retirarle a Tomas un mechón de pelo de la cara, cuando notó que Pedro le agarraba la mano.


—¿Qué pasa? —le preguntó al ver que parecía preocupado.


—Maldita sea, me olvidé de comprar el anillo —estaba claramente enfadado consigo mismo. —Mi abuela se va a dar cuenta enseguida; se fija mucho en esas cosas.


A Paula le dio un vuelco el corazón mientras retiraba la mano para abrir el bolso.


—No te preocupes —le dijo mientras abría un bolsillo con cremallera del interior del bolso y sacaba una bolsa de gamuza.


La abrió y sacó la alianza de boda. No había sido su intención ponérsela, pero siempre la llevaba a donde iba.


Pedro se la quitó y la miró anonadado.


—¿La conservas? Ahora sí que me has sorprendido. Pensé que te habrías deshecho de ella hace mucho tiempo —murmuró, mirándola con curiosidad.


De ninguna manera pensaba decirle que jamás se separaría de su anillo de boda, así que se encogió de hombros.


—Ya sabes lo que se dice de los diamantes; siempre están ahí si una mujer los necesita.


Él se lo creyó a pies juntillas, con una sonrisa de pesar en los labios.


—Y yo pensando que la tenías todavía por razones sentimentales.


Paula le lanzó una mirada un poco cursi.


—¿Y por qué iba a hacer eso?


Él se echó a reír y le puso el anillo en el dedo.


—Bueno, ahora ya es oficial de nuevo.


Paula se emocionó al sentir el anillo en su dedo, pero no le dijo nada.


—¿Y el tuyo? —le preguntó ella, tratando de calmar un poco la emoción que sentía.


—No me lo he quitado nunca —respondió mientras levantaba la mano izquierda. — Soy un idiota, ¿verdad? En fin, los anillos son sólo adornos; lo importante es que tenemos que convencer a mi abuela de que sigues locamente enamorada de mí.


—Es que no sé si de pronto sabré hacerlo —mintió Paula.


—Haz lo mismo que hacías antes, amore. Sin duda te acordarás enseguida. Seguro que será como montar en bicicleta —añadió con sarcasmo.


—¿Sabes?, esto no puede ser sólo por mi parte; tú también tendrás que colaborar —le recordó.


Él sonrió como siempre.


—No te preocupes, conseguiré ocultar mi desagrado lo bastante bien como para convencer a mi abuela —le informó en tono seco.


A Paula le dolió mucho, y por ello respondió como se merecía.


—Qué raro, no recuerdo que la otra noche me besaras con mucho desagrado. El desagrado vino después, cuando diste a entender que te arrepentías —respondió en tono suave.


Él la miró con suspicacia.


—Corta ya, Paula —le advirtió en tono seco.


Paula se sonrió, dejó las provocaciones y decidió ponerse los cascos para poder oír una película. Pero no fue capaz de dejar de pensar en Pedro. Le gustaba no dejarle que se saliera siempre con la suya. Que pensara que ella estaba jugando; de ese modo jamás adivinaría que lo que veía eran sus verdaderos sentimientos por él y no algo que fingía por el bien de su abuela. Después de todo, ella también necesitaba protegerse.




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