sábado, 31 de diciembre de 2016

CAPITULO 20




Varios kilómetros más allá, Paula tomó una curva y vio un coche aparcado y dos hombres a varios metros del coche. 


Los reconoció al instante, pero se asustó al ver que estaban demasiado cerca del borde del acantilado. Pedro estaba preparando una cuerda, mientras que Gabriel le señalaba hacia el otro lado. Paula emitió un gemido entrecortado. No era posible que Pedro pensara en bajar... ¿O sí?


Aparcó el coche y salió corriendo hacia los hombres.


Pedro, por favor, apártate del borde —le urgió cuando estuvo más cerca.


Le echó una mirada a Gabriel y vio el fastidio en su cara.


—Debes saber una cosa. Gabriel no tiene perro, ¿verdad, Gabriel? —le dijo en tono desafiante.


Pedro levantó la cabeza rápidamente.


—¿Quién? ¿Cómo? —preguntó, mirando primero a Paula y después al otro. —¿Qué es lo que pasa? —dijo, soltando la cuerda. —¿Quién es este hombre?


—Se llama Gabriel Benson —le explicó Paula. —Lleva años acosándome. Cada vez que creo que ha desaparecido para siempre, se presenta de nuevo y mi vida se convierte en una pesadilla.


Pedro arqueó las cejas al tiempo que relacionaba varios acontecimientos.


—¿Él fue el hombre que viste ayer en el mercado?


Antes de que a Paula le diera tiempo a asentir siquiera, Gabriel avanzó hacia ellos muy rabioso.


—¡Maldita seas, Paula! ¿Cómo pudiste hacerme esto? ¡Yo te amaba! Te envié las fotos para que lo dejaras a él. ¡No puedes amarlo!


Paula se quedó paralizada, y se volvió hacia él.


—¿Tu« me enviaste las fotos? ¡Ay, Dios mío! ¡Y yo sin sospechar nada!


Pedro se adelantó.


—Espera un momento. ¿Qué fotos?


Gabriel se echó a reír con gesto enloquecido.


—Fotos tuyas con otra mujer. Las preparé para que Paula dejara de amarte. Creí que mi plan había funcionado cuando ella te abandonó; pero siempre vuelve a ti. ¿Es que no ve que no lo mereces? ¿Es que no se da cuenta de que yo la amo más que tú?


Paula negó con la cabeza, sintiendo náuseas.


—Sí que lo merece. Él me ama y, lo que es más, yo también lo amo a él —declaró mientras miraba a Gabriel Benson con asco. —Eres repugnante. ¿Qué intentabas hacer, trayendo aquí a Pedro?


Pedro hizo una mueca.


—Si no me equivoco, amore, creo que quería tirarme por este acantilado.


Gabriel Benson ni siquiera trató de negarlo.


—Sí, y lo habría hecho si no hubiera venido ella a interrumpirme.


Pedro le tendió la mano a Paula.


—Creo que deberíamos irnos, cara.


Paula se dio la vuelta para ir a donde estaba Pedro, y fue cuando todo se descontroló. Paula oyó pasos apresurados a sus espaldas y vio la alarma en el rostro de Pedro; entonces un brazo la agarró de la cintura, dejándola sin aire.


Como si estuviera muy lejos, oyó la voz de Gabriel.


—¡No! Si yo no puedo tenerla, tú tampoco.


Al instante siguiente sintió que la trasportaban hacia el borde del acantilado. Cayó al suelo y rodó, aunque el brazo de Gabriel seguía sujetándola. Entonces notó la parte inferior de su cuerpo colgando en el aire antes de agacharse bajo el peso del cuerpo de Gabriel.


En ese mismo instante dos manos fuertes la agarraron de la cintura. Miró hacia arriba y vio a Pedro tumbado en el suelo, intentando con todas sus fuerzas que no cayera por el acantilado detrás de Gabriel. Entonces éste debió de perder pie, porque.


Paula notó que buscaba frenéticamente algo donde agarrarse. Pero fue demasiado tarde. El peso se soltó de sus piernas, y al tiempo que Pedro tiraba de ella para alejarla del peligro, oyeron el grito de Gabriel al caer, seguido, momentos después, por un enorme silencio.


Paula avanzó como pudo hasta Pedro y se abrazó a su cuello con fuerza.


—¿Es que no sabes que no puedes irte nunca con extraños? —le gritó sin dejar de abrazarlo.


Pedro se estremeció.


—Ese hombre estaba loco —dijo con pavor. —Nos habría matado a todos, pero sólo se ha matado él. 


Ella se quedó inmóvil.


—¿Entonces, está muerto? —le preguntó, retirándose para mirar a Pedro a la cara.


—Nadie sobreviviría cayendo de esa altura —le confirmó solemnemente, y entonces cerró los ojos un instante. —Por un momento pensé que te ibas a caer también —dijo con un hilo de voz y los ojos brillantes.


Ella le dio un beso en cada ojo.


—Pero tú me has salvado, y sigo aquí —le susurró, y Pedro abrió los ojos y le sonrió.


—Sí, sigues aquí —le dijo mientras le agarraba la cara con las dos manos. —Si te hubieras caído, yo me habría muerto también. Tú eres mi vida, amore.


Paula aspiró temblorosamente, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.


—Lo sé, porque tú eres la mía. Te amo —dijo de pronto con suma facilidad. 


Él sonrió.


—Has elegido un sitio muy raro para decírmelo. Quiero besarte, pero creo que estamos a punto de ser rescatados —añadió, y en la distancia oyeron el ruido de las sirenas cada vez más cercano.


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