Esa noche Paula le preparó a Pedro uno de sus platos favoritos, ya que sería la última noche que pasaban juntos durante por lo menos una semana. Él tenía que ausentarse
por un viaje de negocios, y ella quería hacer que esa noche fuera especial. Mientras la cena se cocinaba en el horno, subió a la segunda planta de la casa para darse un baño
relajante que le dejó la piel suave y delicadamente perfumada. Entonces se puso unos pantalones de raso color crema y un top de seda. Miró el reloj y decidió bajar al salón a preparar un cóctel para tomarlo antes de cenar.
Cuando quince minutos después Paula oyó la llave en la cerradura de la puerta, empezó a temblar de emoción, y con una copa en cada mano salió a recibirlo al vestíbulo.
—Hola —lo saludó en tono sexy.
Dejó los vasos en una mesa y se abrazó a él con fuerza para aspirar el olor de su cuerpo y recordarlo los días que estuviera fuera.
—Hola, cariño —respondió Pedro mientras dejaba el maletín en el suelo y la estrechaba entre sus fuertes brazos— ¿Y esto por qué? ¿Qué pasa?
Paula echó la cabeza hacia atrás para mirarlo.
—Te echaba de menos, eso es todo —le dijo ella mientras cerraba los ojos y empezaba a besarlo provocativamente en el cuello.
—Ah... Yo también te he echado de menos, cara —le susurró él mientras ladeaba la cabeza para besarla en los labios.
Sabiendo que era la primera vez que iban a separarse desde que se habían casado, Paula no pudo contenerse. Lo besó con todo el amor que sentía por él y encendió la pasión que nunca estaba lejos. Si Pedro se sorprendió, no le duró mucho; porque enseguida se dejó llevar con el mismo amor que sentía por ella.
Cuando se separaron un momento después, ninguno de los dos tenía interés en comer.
—No sé tú, pero yo en este momento no tengo ningún apetito —susurró Pedro en tono sensual.
Paula le acarició los labios.
—Pensé que tendrías hambre. Tengo una fuente en el horno —le dijo mientras lo miraba con sensualidad.
Él sonrió también, pero fue incapaz de disimular el ardor de su mirada.
—Tengo hambre... pero de ti. Vayámonos a la cama —le sugirió.
Y antes de darle la oportunidad de decir nada más, la levantó en brazos y subieron al dormitorio.
Una vez allí se desnudaron con una urgencia alimentada por un deseo ardiente y se tiraron en la cama. Como los dos sabían que esa noche iba a tener que durarles hasta que volviera Pedro, las caricias y los besos de Paula fueron aún más apasionados.
Quería demostrarle sin palabras cuánto lo amaba, y el resultado fue espléndido. Con la sensibilidad a flor de piel, en el dormitorio sólo se oían sus suspiros y jadeos de placer.
En ese momento no existía nada más en el mundo salvo ellos dos, enredados en el abrazo de sus cuerpos calientes y sudorosos. Sus alientos ardientes se mezclaban mientras subía la temperatura de los besos, cada vez más eróticos, y un deseo intenso dominaba todos sus movimientos. El apetito era demasiado intenso como para que durara mucho tiempo. Y guiados por una necesidad profunda, sus cuerpos se unieron, encajando a la perfección, y empezaron a moverse como un solo ser hacia el momento de liberación más deseado. Llegó con una explosión de sensaciones que los trasportaron entre gemidos de placer a un espacio sólo conocido por los amantes.
Bastante rato después, cuando el pulso volvió a ser normal, regresaron de nuevo a la realidad. Paula se volvió hacia Pedro sin separarse de él y lo abrazó con fuerza, sabiendo que esa semana se le iba a hacer eterna.
Sintiéndose de pronto triste, se acurrucó junto a él y cerró los ojos.
—Ojalá no tuvieras que marcharte —suspiró ella.
Él le dio un beso en la cabeza.
—Yo también preferiría quedarme, pero sólo será una semana. Se pasará enseguida, amore. Después de eso, tenemos toda la vida por delante.
Sus palabras la consolaron como ninguna otra cosa.
—Mmm... toda una vida por delante... —murmuró ella, bostezando.
Una semana no era nada, se dijo Paula; sólo eran tonterías suyas.
Su intención no había sido quedarse dormida, pero después de hacer el amor y de un día tan ajetreado, cayó rendida.
Momentos después, Pedro siguió su ejemplo.
****
El fotógrafo para quien Paula trabajaba tenía muchos encargos, con lo cual estuvo muy ocupada los dos días siguientes a la marcha de Pedro. Paula echaba muchísimo de menos a Pedro, y cada noche esperaba con ilusión sus llamadas. El sonido de su voz le hacía sentirse menos sola, aunque no pudiera llenar el espacio vacío que por las noches había en su cama.
Llegado el miércoles, Paula se sintió más animada, diciéndose que sólo quedaban un par de días para que Pedro volviera a casa. Pero cuando habló con él esa noche, su alegría desapareció.
—Lo siento, cara, pero voy a tener que quedarme unos días más. Las cosas no van como las habíamos planeado —le dijo Pedro.
A Paula se le fue el alma a los pies.
—¡Ay, no, Pedro! —exclamó ella con los ojos llenos de lágrimas.
—Lo sé, lo sé —repitió él en tono tranquilizador. —No puedo evitarlo, cariño. He trabajado demasiado en esto como para echarlo a perder ahora. Lo entiendes, ¿verdad?
Ella lo entendía; pero no por eso se sentía mejor.
—Sí, lo entiendo —le respondió Paula apenada. —¿Qué ocurre? —le preguntó ella con desconfianza al oír una risa de mujer.
—Ah, hay gente por aquí haciendo el tonto; estamos haciendo un descanso y yo estoy al lado de la piscina. Mira, amare, no tengo mucho tiempo. Sólo recuerda que te quiero y que estaré en casa lo antes posible. ¿De acuerdo?
—De acuerdo, Pedro. Yo también te quiero —respondió ella, intentando fingir un poco.
Pero cuando colgó el teléfono tenía el corazón encogido.
Unos días más le parecían una pena de cárcel; aunque sabía que bien poco podía hacerse al respecto. Sólo le
quedaba aguantarse.
Durmió mal esa noche y consecuentemente se levantó tarde al día siguiente. Como tenía una sesión fotográfica en casa de un cliente, sacó el correo del buzón cuando salía de casa y se lo guardó en el bolso. Varias horas más tarde, cuando se sentó en un banco de un parque cercano para tomarse un sándwich tranquilamente, Paula pudo leer el correo.
Había varios sobres de facturas y otros de publicidad; pero le llamó la atención un sobre marrón más grande que los demás, con su nombre y su dirección a máquina.
Muerta de curiosidad, Paula abrió el sobre y metió la mano dentro para ver qué contenía. Estaban bocabajo, pero quedaba claro que eran fotos. Preguntándose quién podría habérselas enviado, y pensando que serían más fotos de la boda que algún familiar había decidido pasarle, Paula les dio la vuelta sin sospechar nada.
En la primera había una nota pegada que decía: ¿Sabes lo que hace tu marido cuando está fuera? Échales un vistazo a estas fotos.
Con el estómago encogido y algo temblorosa, Paula retiró la nota, revelando la primera foto. La imagen la golpeó como un mazazo: era una foto de Pedro abrazado a una mujer que ella no había visto jamás; y los dos reían y se miraban como si...
—¡No! —gritó Paula sin darse cuenta siquiera.
Cuando pasó a la foto siguiente el dolor fue aún peor, puesto que en esa imagen Pedro y la mujer estaban besándose apasionadamente.
Sin darse cuenta Paula negó con la cabeza, aturdida, negando lo que tenía delante.
En todas las fotos la mujer era la misma, aunque las habían tomado en distintos lugares. Fuera como fuera, cualquiera que viera las fotos se daría cuenta de que los protagonistas estaban viviendo un romance apasionado. Cerró los ojos para no verlos, pero en su mente no dejaban de repetirse las imágenes que ya se le habían quedado grabadas.
Aunque tenía ganas de vomitar, Paula trató de mantener la calma. Aquello no podía ser verdad. ¡Era imposible que Pedro tuviera un affaire! Sin embargo, tenía las pruebas
en la mano. ¿Pero de dónde habían salido? ¿Y quién se las habría mandado? Miró el sobre, pero aparte de la nota no había nada dentro, ni tampoco remitente. Alguien había querido que ella supiera la verdad, pero deseaba permanecer en el anonimato.
Paula se quedó pensativa, diciéndose que la persona que se las hubiera enviado no tenía por qué ser amiga. A pesar de las pruebas, se preguntó si todo aquello sería verdad; si no habría alguna explicación verosímil. Ese frágil marco de confianza que había construido desde que había conocido a Pedro quería hacerle creer que había una respuesta, y la única manera de saberlo era preguntándoselo.
Pedro no le mentiría. Confiaba en él, y la confianza lo era todo. Sacó el móvil de su bolso y lo abrió... ¡Ah, se había olvidado de cargar la batería! Se guardó el móvil en el bolso y corrió a buscar un teléfono público.
Sabía que por el cambio horario Pedro estaría durmiendo en ese momento, pero no le importó y marcó el número del hotel donde se hospedaba. Tuvo que esperar un rato hasta que pasaron la llamada a su habitación, pero finalmente contestaron. Paula aspiró hondo para hablar.
—¿Diga? Será mejor que sea importante —dijo una voz de mujer.
A Paula se le paró el corazón y frunció el ceño.
—Lo siento. Tenían que ponerme con la habitación de Pedro Alfonso. Debe de haber habido un error... —empezó a disculparse.
—No ha habido ningún error, cariño. Ésta es la habitación de Pedro. Espera un momento, que te lo paso.
Sorprendidísima, Paula se quedó paralizada mientras le llegaban ruidos al otro lado de la línea.
—Eh, Pedro, tío macizo, sal de la cama. ¡Te llaman por teléfono!
Paula gimió con incredulidad al tiempo que todo empezaba a desmoronarse a su alrededor. No le hacía falta oír nada más, así que colgó y salió de la cabina totalmente desolada. Lo único que podía pensar en ese momento era que las fotos no habían mentido; que todo era cierto. ¡Horriblemente cierto!
Miró a su alrededor y sintió que todo le parecía extraño. Sólo quería marcharse a casa, a ver si se le pasaba un poco el disgusto. Paró un taxi que pasaba por allí, se sentó en el asiento de atrás y apoyó la cabeza entre las manos. ¿Cómo podía Pedro hacerle eso? ¡Había confiado en él! Había echado mano de todo el coraje que poseía para depositar su confianza en él y su fe en un futuro juntos; pero todo había quedado borrado de un plumazo.
Santo Dios, le pareció que estaba reviviendo lo que le había pasado con Gabriel Benson. Ese hombre le había amargado la vida; y de pronto era Pedro quien la traicionaba. ¡No podría soportarlo!
Entró en su casa, que ya no le parecía su casa sino un lugar de engaño y traición, y se dijo que ya no podría pasar ni una noche más allí. Cuando miró hacia el salón donde había pasado tantas horas felices junto a Pedro, supo que iba a dejar a su marido.
Aunque lo amaba muchísimo, ya no confiaba en él. Si se quedaba, jamás confiaría en nada de lo que él le dijera o hiciera, y eso la destruiría; por eso tenía que marcharse.
Y no sólo marcharse, sino desaparecer de la faz de la tierra para no volver a verlo. Si no se marchaba, el amor que sentía por él podría terminar minando sus defensas; o tal
vez sintiera la tentación de quedarse para tratar de vivir con las dudas. No. Debía marcharse y no volver la vista atrás.
Sólo de pensarlo se le encogía el corazón; pero también sabía que tenía que ser fuerte. Más tarde, cuando todo hubiera pasado, cuando estuviera lejos de allí, podría derrumbarse.
Fue la fuerza de su propósito la que la animó a descolgar el teléfono y llamar a sus padres. No podía marcharse sin explicarles por qué lo hacía. Tras unos cuantos tonos, su madre contestó la llamada.
—Hola, mamá... Quería deciros que no os preocupéis si no sabéis nada de mí durante un tiempo —dijo Paula con voz trémula mientras hacía un esfuerzo enorme para no echarse a llorar.
Su madre sintió inmediatamente que algo iba mal.
—¿Por qué? ¿Qué ocurre, Paula? ¿Qué ha pasado?
Paula aspiró hondo.
—Voy a dejar a Pedro, mamá —declaró con tirantez.
—¿Que vas a dejar a Pedro? —dijo su madre con incredulidad. —Pero... ¿por qué? ¿Qué ha pasado, hija? Pensaba que eras tan feliz...
Su madre parecía tan disgustada como ella.
—Ahora no puedo explicártelo, mamá. Sólo quiero que sepas que tengo que hacer esto que voy a hacer. No puedo... —se le quebró la voz y se mordió el labio inferior con fuerza. —No sé cuándo volveré a veros, pero os escribiré.
—Paula, por favor, no te precipites. Ven a hablar con nosotros; a lo mejor podríamos ayudarte.
Paula se aguantó las lágrimas.
—Nadie puede ayudarme. Lo siento, mamá. Os quiero a los dos. No os preocupéis por mí. Adiós —susurró con un hilo de voz antes de colgar, sin darle a su madre la oportunidad de decir nada más.
Al instante el teléfono empezó a sonar otra vez, pero ella lo ignoró. Subió al dormitorio, sacó dos maletas enormes del vestidor y guardó todo lo que quería llevarse. Las bajó al vestíbulo y fue a la mesa del salón a escribir la carta más dura que había tenido que escribir en su vida. En la carta le decía a Pedro que se marchaba y que no perdiera el tiempo buscándola, porque no iba a volver. Luego metió la nota en un sobre, escribió el nombre de Pedro y lo dejó apoyado sobre el reloj de la repisa.
Finalmente llamó a un taxi, y mientras el conductor guardaba el equipaje en el maletero, cerró la puerta y echó las llaves en el buzón. Cuando bajaba las escaleras de su casa, sintió que se alejaba de todos sus sueños e ilusiones.
—¿Sabe de qué estación salen los trenes para el norte? —le preguntó al taxista.
—Depende de la parte del norte que te interese, guapa —le dijo el hombre.
—Lléveme a la más cercana —le dijo ella antes de recostarse y cerrar los ojos.
Todo había terminado. Había hecho lo que tenía que hacer.
Sólo le quedaba encontrar el modo de vivir el resto de su vida sin Pedro.
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