sábado, 31 de diciembre de 2016
CAPITULO 8
Ella no había olvidado ni un momento de los que habían pasado juntos. Paula estaba de vacaciones con un grupo de amigos. Uno de ellos había estado dándole la lata para pasar a ser algo más que amigos, y cuando estaban todos en un restaurante comiendo Paula se había levantado algo enfadada y se había ido dando un paseo hasta el final del muelle. Allí era donde Pedro la había visto un rato después.
—Debería haberle dado un puñetazo en el ojo —le había dicho cuando se había apoyado en la barandilla de madera a su lado.
Cuando se había vuelto a mirar, Paula se había encontrado con el par de ojos más azules que había visto en su vida.
—¿Cómo dice? —le había preguntado ella, más para tratar de recuperarse de la impresión que porque no le hubiera oído bien.
Pedro había sonreído.
—Su amigo. Espero que a mí no me trate así.
Paula había arqueado las cejas y se había echado a reír.
—¿No le parece que se está precipitando? Usted y yo no somos nada.
—No —le confirmó él en tono pausado, —pero lo seremos.
Ella se había vuelto ligeramente hacia él, bastante asombrada del efecto que empezaba a causarle aquel desconocido.
—¿Y yo no tengo nada que decir en todo esto?
En ese momento Pedro se había dado totalmente la vuelta para mirarla de frente.
Paula se había dicho que era la personificación de la belleza y la gracia masculina.
—Pues claro que sí. El dónde y el cuándo dependen de usted.
—¿Pero no el sí?
Pedro había paseado aquella mirada intensa por su rostro, estudiando cada detalle, y Paula se había dejado acariciar por el calor de su mirada.
—No hay condiciones. Y los dos lo sabemos.
—¿Y este método suele funcionarle?
Su sonrisa también había encendido un fuego en su interior.
—No tengo un método global para todo el mundo. Lo adapto para atender los deseos de la mujer en cuestión.
—¿Y cree que el método que ha escogido funciona conmigo? —le preguntó, no queriendo confirmarle que estaba funcionando.
—Por supuesto. Está intrigada y quiere saber más cosas.
—Lo que me intriga es su nombre le dijo ella con toda naturalidad. —Porque tiene nombre, ¿no?
—Pedro Alfonso —se presentó él. —Y usted es Paula Chaves. Le pregunté a uno de sus amigos —le explicó al ver su sorpresa.
Paula se había emocionado al notar que él quería conocerla, pero no había dicho nada.
—No será un lunático que se ha escapado de algún sitio, ¿no? —se burló ligeramente.
—Aún no, pero estoy seguro de que tiene la habilidad de volver loco a cualquiera — le respondió él pausadamente.
Paula se echó a reír y lo miró con asombro.
—Esto... ¿siempre dice lo que piensa? —le preguntó, desconcertada ante su espontaneidad.
—Sólo si la situación es la apropiada. En este momento no podría decirte todo lo que estoy pensando. Para eso tendríamos que estar solos.
Paula reconoció que era bueno. No recordaba haber sentido en su vida una atracción tan intensa como la que empezaba a sentir por aquel hombre. El poseía esa clase de magnetismo que a ella tanto le impresionaba.
—¿Y bien, Pedro Alfonso, debería conocerte?
—Eso depende de lo familiarizada que estés con el mundo de las grandes empresas internacionales —le respondió simplemente.
Paula no pudo resistirse a echarle una mirada coqueta.
—Entonces, eres un hombre de negocios. Estoy impresionada. Creo que es la primera vez que me pretende un hombre de negocios.
Su risa ronca despertó en él un instinto animal que se reflejó en su mirada.
—Entonces es la primera vez para los dos. Porque en mi vida he pretendido a ninguna... —Pedro hizo una pausa, la miró y sonrió mientras la miraba a los ojos — Paula Chaves.
Paula no había podido dejar de mirarlo.
—¿Entonces qué hacer a partir de ahí? —pronunció en tono ligeramente ronco.
Él suspiró con pesar.
—Sé dónde me gustaría ir a mí, pero supongo que eso será imposible.
Ella aspiró hondo, no tan afectada por su espontaneidad como por su propia reacción, dada la poca confianza que ella tenía en los hombres.
—¿Siempre vas tan deprisa?
—Cuando veo algo que quiero, sí —confesó Pedro en voz baja. —Sin embargo, puedo ir despacio cuando la situación lo exige —añadió con un brillo pícaro en la mirada.
Paula se puso triste sólo de pensar en todo aquello; porque Pedro había ido despacio con ella. A pesar de la pasión y de la atracción que habían sentido los dos, Paula sabía que él la había cortejado. No se habían ido a la cama sin pensar en nada más. Habían esperado todo lo posible y se habían conocido un poco antes de dar el paso que ambos
deseaban. Y aunque Paula había supuesto que todo terminaría cuando terminaran las vacaciones, Pedro había tenido otros planes que habían desembocado en una boda de cuento de hadas. La traición no había tardado en llegar.
—¿Paula?
La pregunta la sacó de su agridulce ensoñación, y Paula aspiró hondo y miró a su alrededor. Pedro la observaba con expresión nostálgica.
—¿Ya hemos llegado? —le preguntó algo incómoda, sintiéndose observada.
Se preguntó si habría dicho o hecho algo impropio.
—No queda mucho —respondió Pedro sin dejar de mirarla.
—Me pregunto dónde estabas tú. Parecías perdida en tus pensamientos.
Paula se sentó más derecha y se alisó el vestido, sabiendo que no podía responder a su pregunta.
—Con el vaivén del coche estaba casi dormida. Últimamente no he dormido muy bien y estoy cansada.
—¿Te sientes culpable? —le preguntó él con expresión de burla.
—¿Por lo que hice? En absoluto —Paula mintió para mantener el tipo, para que él no notara nada. —Si tuviera que volver a hacerlo, no cambiaría nada.
Pedro negó con la cabeza muy despacio.
—No tenía ni idea de que fueras tan despiadada. O a lo mejor yo estaba demasiado enamorado para darme cuenta. Fuera como fuera, me he quitado la venda del todo; no volverás a dejarme en ridículo una segunda vez, cara.
Paula pensó que tampoco se dejaría engañar por él nunca más. Qué conveniente para Pedro tener esa doble moral: sin duda su gusto por las faldas era algo normal en un hombre, mientras que su abandono era un crimen atroz.
Ninguno de ellos volvió a hablar hasta que el coche se detuvo delante del restaurante. Aunque el local estaba lleno, los acompañaron hasta una mesa que había libre en un rincón más tranquilo con vistas al mar. Pedro pidió una copa de vino blanco para Paula y whisky para él. Cuando finalmente les llevaron las bebidas y pidieron la comida, Pedro se volvió hacia ella. Paula no se dio cuenta de que no dejaba de girar la copa entre sus dedos, pero a Pedro no se le pasó por alto.
—¿Estás nerviosa, amore?
El término afectuoso le tocó la fibra sensible, tal y como había sido la intención de Pedro.
—No soy tu amor, Pedro. Hace mucho que no lo soy. Y por eso no tengo razón alguna para estar nerviosa —respondió Paula con valentía.
Él esbozó una sonrisa picara.
—¿Por qué no empiezas a contarme lo que estás pensando? —añadió Paula.
Pedro se recostó tranquilamente en la silla y cruzó las piernas.
—De acuerdo. Puedes empezar diciéndome por qué me dejaste.
Paula aspiró temblorosamente al ver que él no se había creído lo que ella le había contado ese mismo día.
—¿Y qué importa? Lo pasado, pasado está.
Por una vez Pedro demostró la intensidad de su enfado.
—Ah, claro que importa, cara. Pisoteaste mi orgullo marchándote de ese modo. Al menos me debes una explicación honesta —añadió, como si lo que ella le hubiera dicho hasta el momento no hubiera sido sincero.
Pero ella no pensaba ser sincera con él; porque la verdad, como muchas otras cosas, tenía que quedar oculta.
—¿Y si no tengo ninguna explicación?
Él torció el gesto con socarronería.
—Te estás haciendo una profesional de la mentira. Invéntate otra excusa, Paula. Cuando te acerques a la verdad, ya me daré cuenta.
Eso le dolió, y como su persistencia empezaba a angustiarla, Paula se agarró a lo primero que se le ocurrió.
—De acuerdo, ¿quieres que te dé una razón? ¿Qué te parece ésta? Me aburrí — respondió con soniquete repipi. —¿Te sientes mejor?
Pedro sonrió de oreja a oreja, más tranquilo si cabía.
—En absoluto. Pero conozco bien a las mujeres, y tú nunca te aburriste conmigo — respondió Pedro con confianza.
Ella empezaba a enfadarse.
—¡Es la cosa más arrogante que te he oído decir en mi vida! Yo no fui... no soy... como las demás mujeres.
Pedro se inclinó un poco hacia delante y la miró a los ojos.
—No, eras muy especial. ¡Habría dado la vida por ti! —le dijo él apasionadamente.
Paula sintió ganas de echarse a llorar.
—¡Nunca te pedí que dieras la vida por mí!
Sólo que le fuera fiel; sólo eso. De no ser por Tomas, le habría desafiado allí mismo con la verdad sobre lo que sabía de él. Pero la cautela le selló los labios.
—No, cara —soltó Pedro con una risotada amarga. —Pero cuando se quiere a alguien, eso se sabe; y de haberme querido como me dijiste, lo habrías sabido.
Ella tuvo que contenerse, sabiendo todo lo que sabía, amándolo como lo amaba. Y tal vez él la habría amado en su día, pero no lo suficiente como para rechazar los placeres con otra mujer.
—¡Tienes que olvidarte de mí, Pedro! —insistió ella apasionadamente, haciendo ademán de levantarse.
Pero Pedro se adelantó y la agarró de la muñeca.
—Pero no puedo hacer eso, amore —dijo él en tono bajo e intenso. —Como te he dicho antes, he descubierto que sigo queriéndote y, lo que es más, antes de volver a casa tengo toda la intención de hacerte mía.
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