sábado, 31 de diciembre de 2016
CAPITULO 4
Hacía una noche muy cálida, y Paula se dirigió a una baranda donde se apoyó para contemplar las vistas de la ciudad. La luz se disipaba y las luces de la ciudad empezaban a titilar en la creciente oscuridad. Nunca le había pesado mudarse a vivir al norte; tan sólo las circunstancias que habían motivado su marcha. Había desaparecido del mapa sin dejar rastro, y lo cierto era que no podía haber elegido un lugar mejor para irse a vivir. Sin embargo, siempre había temido que Pedro la encontrara, sobre todo al principio.
Cuando pasado el tiempo él no había dado con su paradero, Paula había empezado a pensar que estaba a salvo. ¡Qué casualidad que esa misma noche Pedro hubiera aparecido de nuevo en su vida! Y por muchas ganas que tuviera de verlo, sabía que no era lo más recomendable; sobre todo en ese momento. Había algunas cosas que él no sabía de ella aunque tuviera derecho a saberlas; y Paula tenía miedo de cómo iba a reaccionar si las averiguaba.
Hacía años que había aprendido que la vida podía llegar a ser muy cruel, y a veces obligaba a las personas a tomar decisiones muy difíciles de tomar.
En ese momento una ráfaga de suave brisa despeinó su inedia melena castaña, y Paula sintió un escalofrío en la espalda. Se dio la vuelta y se quedó sin respiración cuando vio una figura que surgía de entre las sombras.
De cerca seguía siendo el hombre más guapo que había visto en su vida. La luz que se colaba por una de las ventanas destacaba el negro casi azulado de su pelo y el azul intenso de sus ojos. Recordaba esos ojos risueños que la habían mirado con tanto amor que a menudo la habían dejado sin aliento. Pero en ese momento que le tenía delante, a Paula le costó adivinar lo que se ocultaba en su mirada.
Pedro se detuvo a unos metros de ella y la miró de arriba abajo mientras en sus labios se dibujaba una sonrisa ligeramente burlona. En otro tiempo esa mirada habría
despertado su sensualidad inmediatamente; pero no había rastro de calidez en los ojos que la observaban en ese momento. Eso la dejó confusa, y el rayo de esperanza quedó
ahogado incluso casi antes de poder reconocerlo. Se alegró infinitamente cuando él la miró a los ojos.
—¿Qué es lo que te ha llevado tanto tiempo? —preguntó Pedro con aquella voz aterciopelada que siempre le había gustado tanto.
Su pregunta la asustó.
—¿Tanto... tiempo? —Paula carraspeó para aclararse la voz y serenarse un poco. — No te entiendo —respondió con la confusión que le producía la infinidad de emociones que estaba sintiendo.
Estar frente a frente con el hombre que aún amaba seis años después de haberlo abandonado no era una situación que hubiera planeado; más bien al contrario.
Pedro sacudió la cabeza con decepción.
—Por supuesto que sí. Llevas toda la noche observándome; y la verdad es que me ha encantado que me miraras. Por eso supe que cuando no me vieras vendrías a buscarme.
A Paula se le aceleró el pulso de tal manera que apenas podía respirar.
—No era por eso. Tenía calor y necesitaba... quiero decir... —Paula se dio cuenta de que estaba casi tartamudeando, así que cerró los ojos y aspiró hondo. —Pensaba que te habías ido.
—Esperabas, querrás decir —le respondió Pedro con suavidad.
Ella se pasó la lengua por los labios con nerviosismo.
—Sí... no... Bueno, como sea... —fue su respuesta agitada.
—¿Y por qué iba a querer verte? —continuó en tono más resuelto, haciendo un esfuerzo por controlarse. —No tenemos nada que decirnos —añadió con más firmeza, sabiendo que la negación era la única defensa que tenía.
Necesitaba que él la dejara, que se alejara de ella; porque si él se enteraba de su pecado, jamás la perdonaría. Ella en su lugar, tampoco lo perdonaría.
—Al contrario, creo que tú y yo tenemos mucho de qué hablar, señora Alfonso — le respondió él con indignación.
Paula se estremeció, sabiendo que él tenía derecho a estar enfadado; más derecho de lo que creía.
—Pedro... —respondió con desconsuelo.
El destello de un sentimiento indescifrable brilló en sus ojos azules.
—¡Ah, Pedro! ¿Sabes que en el pasado el oírte pronunciar mi nombre encendía mi deseo? —dijo él con sarcasmo.
Como ella lo recordaba a la perfección, su comentario hundió más el cuchillo que le atravesaba el corazón.
—Por favor, Pedro... —susurró ella en tono suplicante.
Sabía el daño que le había hecho al dejarlo de ese modo; y que debería haberse quedado y enfrentado a él con la prueba de su traición... Pero eso qué importaba ya.
Que él la hubiera traicionado era irrelevante, lo mismo que el temor de que él hubiera podido convencerla para que no lo abandonara, para que siguiera viviendo con él una mentira.
Pedro se acercó un poco más, y Paula vio que tenía los ojos brillantes.
—Tú solías decirlo también, cuando me rogabas que te hiciera el amor. ¿Te acuerdas de eso, Paula? ¿Te acuerdas de algo?
Santo cielo, se acordaba de todo; no había olvidado ni un solo momento, ni un solo sentimiento. Ni la felicidad, ni la pena. Y por muchas cosas que deseara desdecirle, debía tener cuidado. Arriesgaba demasiado.
—No tiene sentido recordar —respondió Paula. —Yo ya he olvidado el pasado.
Era mentira. No pasaba un día sin que recordara y deseara lo que había perdido.
Él sonrió con ironía.
—Que conveniente. El problema es que el pasado tiene la costumbre de aparecer cuando uno menos se lo espera. Como me pasó a mí, cuando entré ayer en el hotel y vi tu foto con el anuncio del concurso.
Sus palabras la inquietaron muchísimo.
—Entonces no estabas...
Se calló bruscamente, consciente de pronto de lo que revelaría su pregunta; pero Pedro era demasiado astuto como para no darse cuenta.
—¿Buscándote? No, estoy aquí en viaje de negocios, así que podrás imaginar mi sorpresa. Mi errante esposa, a quien he buscado de un extremo al otro del país, escondida en esta ciudad —explicó Pedro con una risotada burlona.
Ella levantó la cabeza con orgullo.
—No me estaba escondiendo —negó.
Había sido cierto. No se había marchado de Londres para esconderse de Pedro, sino porque no había querido volver a verlo, precisamente porque sabía que su amor por él la debilitaría. Sin embargo, las circunstancias habían cambiado, y había terminado escondiéndose de él por
razones totalmente distintas a lo anterior.
El arqueó una ceja, haciendo aquel gesto que ella recordaba tan bien y que le sacudió las entretelas del corazón.
—¿Entonces por qué te has cambiado de nombre si no era para que no te encontrara?
Paula notó una sensación de angustia en el estómago. Jamás le había resultado fácil mentir, pero tal y como estaban las cosas, tenía que encontrar el modo de hacer que él se marchara y la dejara en paz.
—Porque... bueno, porque...
La inventiva le fallaba. ¿Dios, qué podía decirle? Trató de encontrar la inspiración y se agarró a lo primero que se le ocurrió.
—Yo... estaba pensando en abrir mi propio estudio —le respondió, gesticulando exageradamente. —Durante una época —añadió, con la esperanza de que él aceptara su respuesta.
—Eso me lo habría creído si te hubieras llamado Smith o Brown; pero mi apellido suena de lo más profesional. ¿Así que dime, amore, por qué no te quedaste con Paula Alfonso? Tenías derecho, siendo mi esposa.
—¡Deja de llamarme así!
Su respuesta provocó en él una sonrisa irónica.
—¿Por qué? Sigues siéndolo —respondió burlón. —Paula Alfonso, mi esposa.
Ella emitió un leve gemido entrecortado, nuevamente sorprendida. Sin duda él no podía estar refiriéndose a...
—Te dije que no intentaras encontrarme, que te olvidaras de mí. Pensé que...
Pedro ladeó la cabeza.
—Que me divorciaría de ti. Pues estás muy equivocada, señora Alfonso. De ninguna manera pensaría en abandonarte sin que me dieras primero una explicación.
¿Entonces, la pregunta viene a cuento, por qué no te divorciaste tú de mí? ¿Qué razón podría haber para eso? Ah, sí, porque si lo hubieras hecho, yo habría sabido dónde
estabas, y tú no querías que pasara eso, ¿verdad, Paula? —concluyó en tono seco.
Paula tragó saliva con dificultad.
—Yo te abandoné. Tenías derecho a hacerlo.
Él la miraba con expresión funesta.
—Desde luego que sí. Dijiste que me amabas, que estabas deseando casarte conmigo. Y de pronto, unos meses después de la boda, te desvaneces. ¿De verdad pensaste que podría pasar página y olvidarme de ti? Ni lo sueñes, Paula.
Debería haber sabido que un hombre de pasiones tan grandes como Pedro no dejaría pasar nada. Él no sabía que ella conocía lo de su relación extramatrimonial. Lo único que sabía él era que ella lo había abandonado, y Paula ya no podía darle explicaciones. Ni en ese momento, ni nunca.
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