sábado, 31 de diciembre de 2016

CAPITULO 11





LA CENA siempre había sido un momento especial para Paula y Tomas, porque era cuando hablaban de las cosas que habían hecho durante el día. Con Pedro allí, la cosa
cambiaba. Tomas, claramente impresionado con el padre al que por fin había conocido, y no siendo en absoluto tímido, trató de imitar todo lo que Pedro hacía.


Paula fingió estar tranquila, pero por dentro estaba continuamente alerta. Quería saber qué más habría planeado Pedro, y la espera la estaba volviendo loca.


Después de la cena fueron al salón, donde Tomas quiso enseñarle a Pedro sus juguetes. Pedro mostró interés por las cosas de su hijo y una paciencia infinita, y Paula se sintió culpable de nuevo por haberles tenido separados tanto tiempo. De pronto comprendió que a Pedro le habría encantado ver crecer a su hijo. Y no importaba si él la perdonaba o no, porque en el fondo ella sabía que jamás se perdonaría a sí misma.


El tiempo pasó volando, y Paula sólo se dio cuenta de lo tarde que era cuando Tomas bostezó. —Vamos, cariño, es hora de irse a la cama. Tomas hizo un mohín, pero obedeció y se levantó del regazo de su padre.


—Muy bien —respondió en tono quejoso: pero de pronto miró a su padre con muestras de ilusión. —¿Me acuestas tú, papá?


Pedro miró la carita suplicante del niño y luego a Paula.


—Esta noche no, hijo. Creo que tu madre quiere acostarte. Otro día, te lo prometo.


—¿Y te voy a ver por la mañana? —quiso saber Tomas.


Tanto Paula como Pedro se dieron cuenta de que el niño pensaba que su padre desaparecería en cuanto él se acostara.


—No te preocupes, Tomas. No pienso irme a ningún sitio sin ti y sin tu madre nunca más. Tengo que trabajar, pero te veré después del colegio. Ahora también soy tu familia.


Tomas estaba casi convencido.


—¿Lo prometes? —insistió.


Pedro sonrió y se llevó la mano al pecho.


—Lo prometo —dijo. —Ahora, ve con tu madre. Buenas noches, hijo.


Tomas le dio la mano a Paula y bostezó de nuevo.


—Buenas noches, papi.


Después de bañar y acostar a Tomas, éste se quedó dormido casi inmediatamente.


Paula bajó al salón, lista para enfrentarse a Pedro, que estaba sentado donde lo había dejado, hojeando un tebeo de Tomas. Cuando ella entró, Pedro dejó el tebeo en la mesa
de centro.



—¿Te pasa algo? —dijo al verla tan seria.


Ella se sentó en el extremo del sofá y le lanzó una mirada glacial.


—No me gusta que le digas a Tomas cosas que no has hablado conmigo.


Al contrario que ella, Pedro parecía muy relajado.


—¿De verdad? ¿Lo dices en serio? Pues a mí no me ha gustado que no me contaras que tenía un hijo. Si no te gusta que ponga a mi hijo por delante de ti, lo siento. Él necesitaba sentirse seguro, así que le dije lo que necesitaba escuchar. ¿Te parece mal? —le preguntó él.


Paula suspiró.


—No, claro que no —reconoció, sabiendo que ella habría hecho lo mismo— Pero, dime, ¿qué has decidido hacer?


Paula vio un atisbo de intransigencia en sus ojos azules.


—He decidido que seamos una familia, porque no tengo intención alguna de ser un padre a tiempo parcial. Me he perdido cinco años de su vida, pero no me interesa perderme el resto, cara. No te equivoques, Paula, tengo la intención de fomar parte en su vida diaria.


A Paula se le aceleró el pulso al oírle decir eso.


—¿Entonces no vas a pedir la custodia única?


Paulaa sólo quería que le aclarara de momento el punto más vital; a ella le parecía que toda su vida dependía ele su respuesta.


—Aún no. Que lo haga o no en el futuro depende de ti. Le prometí a Tomas que íbamos a ser una familia, y eso es lo que va a ocurrir —declaró con firmeza.


Paula lo miró sorprendida y confusa.


—¿Pero... por qué? ¡Yo ya no te gusto, y ni siquiera me amas! —señaló tontamente, esperando que Pedro negara esas palabras.


Pero eso no ocurrió.


—No, pero quiero a mi abuela —le respondió Pedro tajantemente.


—¿A tu abuela? —repitió ella, cada vez más confusa. ¿Qué tenía su abuela que ver con todo aquello? —No lo comprendo. ¿Acaso vive contigo?


—No, vive en el sur de Francia —empezó a decir.


A Paula le extrañó que Pedro se pasara la mano por el pelo, dejando ver de algún modo que estaba nervioso.


—Ha perdido a mi abuelo hace unos meses y no lo lleva bien. Nada de lo que mis padres o yo hemos intentado la ha sacado de la depresión en la que se encuentra. Tomas y tú habéis aparecido en un momento de desesperación para mí —Pedro la miró, mostrando por primera vez lo preocupado que estaba. —Tomas podría ser la respuesta. ¿Qué mejor que un biznieto para que ella recupere las ganas de vivir?


Paula sintió tanta emoción que se le hizo un nudo en la garganta. A ella Tomas la había ayudado a salir de la desesperación que había sentido después de dejar a Pedro


Había sido la luz de su vida, lo que la había animado a levantarse cada día.


—Lo siento —le dijo ella mientras se acercaba y le agarraba la mano. —Su pérdida te habrá afectado también mucho —añadió en tono suave, lleno de comprensión.


Notó que él le apretaba los dedos un instante, antes de darse cuenta de pronto de lo que estaba haciendo y le soltara la mano. Pedro se retiró, como queriendo
poner una distancia mayor entre los dos.


—No tienes por qué empezar a hacer el papel de amante esposa —dijo él con ironía, y ella retiró la mano.


—No estaba haciendo ningún papel. Lo creas o no, soy capaz de comprender el dolor, incluso el tuyo.


El se puso un poco tenso.


—Tal vez puedas, pero te recomiendo que lo guardes para alguien que lo desee.


Paula se mordió el labio inferior y trató de no sentirse dolida por sus palabras. Para no pensarlo, decidió centrarse en la abuela de Pedro.


—¿Y tiene tu abuela a alguien más?


Pedro negó con la cabeza.


—Sólo a mis padres y a mí; y ahora, a ti y a Tomas, por supuesto. Y por eso voy a organizar un viaje a Niza para que vayamos a verla. En el colegio les dan las vacaciones en unos días, lo cual nos dará tiempo para hacerlo todo.


Paula sintió impotencia al ver cómo Pedro le organizaba la vida en cinco minutos.


—¿Has pensado en todo, verdad? ¿Pero qué pasa con mi vida aquí?


—Se ha terminado. Si quieres estar con Tomas, tu sitio está a mi lado. Puedes hacer esto por las buenas o por las malas. Si te pones en mi contra, te aseguro que perderás —le aclaró a la perfección.


Paula apretó los dientes, sabiendo muy bien que no tenía salida.


—¿Das por hecho que estoy de acuerdo?


Pedro respondió con una sonrisa de burla.


—Naturalmente. Estás en deuda conmigo, no lo olvides; ahora más que nunca. Lo vas a hacer porque no te queda otro remedio. ¿Ahora, cara, de verdad prefieres ir por las malas?


Ella lo miró medio incrédula, medio angustiada, consciente de que no tenía otra salida. El también lo sabía.


—No.


Pedro extendió los brazos, encogiéndose de hombros al mismo tiempo, como si no entendiera el problema.


—Entonces, hecho; nos vamos a Niza. Míralo como nuestras primeras vacaciones familiares juntos. No creo que sea tan difícil para ti.


—Tomas se va a poner muy contento —consiguió decir Paula, que apenas podía hablar.


—Pero tú no —dijo él con ese tono sarcástico que no abandonaba con ella.


—¿Y acaso importa lo que yo sienta? —dijo en tono ligeramente mordaz.


—Estoy seguro de que Tomas se preocuparía si se diera cuenta de que tú no quieres hacerlo —le señaló Pedro en tono seco.


Paula aspiró hondo antes de tragarse su orgullo.


—No te inquietes. Tengo mucho cuidado de que Tomas sólo me vea feliz y sonriente. No sería justo descargar mis preocupaciones en él —añadió Paula.


—No dudo de que seas una buena madre, cara, pero lo importante ahora es si podrás fingir que me amas.


Paula dejó escapar un leve gemido de sorpresa.


—¿Por qué tengo que hacerlo? Tomas sólo tiene cinco años. Asumirá que nuestra relación es así.


—Cierto, pero mi abuela querrá una prueba.


Pedro había lanzado la bomba con absoluta precisión, y dejó a Paula sin respiración.


—¡Estarás de broma!


—De broma, nada —dijo mientras la miraba fijamente.


Paula negó con la cabeza.


—Entiendo que quieras ayudar a tu abuela, ¿pero por qué fingir?


—Porque ella quiere que yo sea feliz, y cuando la llamé por teléfono le dije que te había vuelto a encontrar, y que todo se iba a arreglar; enseguida noté un cambio en su tono de voz. La noto animada por primera vez en muchos meses, Paula.


Paula estaba anonadada.


—¿Le dijiste eso anoche, antes de hablar conmigo?


Él la miró con sorna.


—Los dos sabemos que sólo hay una respuesta que querrías dar, así que no te pongas así, cara.


Saber que tenía razón no le hizo sentirse mejor.


—Es muy fácil para ti decirlo... ¿Pero cómo demonios crees que voy a entrar en casa de tu abuela y fingir que te amo?


Paula sabía perfectamente que nunca tendría que fingir su amor por él. ¡Pero él estaba poniendo ese amor a prueba con sus ideas!


—No debería ser difícil —la respuesta de Pedro rizó el rizo. —En el pasado lo hiciste de manera muy convincente. Yo mismo te creí y todo. Me diste una buena lección con tu marcha, porque aprendí lo fácil que era de engañar —dijo Pedro con cierta brusquedad.


A Paula se le encogió el corazón.


—Fui buena, ¿verdad? —le preguntó con voz ronca.


Él sonrió con pesar.


—La mejor. Y por eso no creo que tengas problema en esta ocasión.


Paula cerró los ojos para no llorar.


—Será difícil, pero lo haré lo mejor posible —respondió. —Y, ya que estamos hablando de esto... ¿Qué otras decisiones has tomado, Pedro? —le preguntó, segura de que habría más.


Paula no se equivocaba.


—Voy a contratar los servicios de una empresa de mudanzas para que embalen todos vuestros objetos personales y los lleven a nuestra casa de Hampstead mientras estamos de vacaciones. A Tomas le encantará. Si recuerdas bien, en el jardín hay varios árboles adecuados para colocar una casa.


—Gracias —respondió ella en tono sarcástico, sintiéndose como si le hubiera pasado una apisonadora por encima. —Eres muy... eficiente.


—Eso intento. Mi asistente personal está buscando ya colegios por la zona, aunque aún tengamos varias semanas de vacaciones por delante. Tenemos que meter a Tomas
en uno que sea bueno.


Paula no tenía fuerzas para protestar.


—¿Entonces crees que esta relación durará un tiempo considerable? —quiso saber.


Pedro sonrió.


—Yo la considero permanente. Eres mi esposa, y Tomas es mi hijo. ¿Qué es más natural que estar juntos?


En un mundo ideal, por supuesto, pero la situación que teman era lo menos parecida a una ideal. Él no la amaba, y retomar una relación como ésa sería autodestructivo.


—Entiendo. Seguimos casados y tengo que fingir. ¿Y, te importa decirme hasta dónde llegará la realidad de nuestro matrimonio?


Pedro sonrió con expresión sardónica.


—Estoy seguro de que te alegrará saber que sólo será de conveniencia. Como has dicho, ya no te amo, y el hecho de que me hayas ocultado a mi hijo durante tantos años ha matado cualquier atracción que sintiera por ti —le informó de manera cortante. —Entiendo que una mujer tiene sus necesidades, pero tendrás que contenerte. No habrá más hombres, ¿lo has entendido? —añadió.


Sus palabras la horrorizaron.


Amándolo como lo amaba, jamás se le había ocurrido tener un amante. Sin embargo, le indignó oírselo decir a él.


—¿Y eso también te lo vas a aplicar a ti mismo? ¿O tienes doble moral? —se burló.


Pedro la miraba con expresión pétrea.


—Lo que yo haga es asunto mío. Lo que espero de mi esposa es otro cantar.


—Entiendo —respondió ella en tono enfadado.


Paula fue a la cocina a preparar café y a tratar de serenarse un poco.


Pasado un rato, llegó a la conclusión de que si quería seguir junto a su hijo y ver a Tomas feliz y sano tendría que aceptar. 


Y eso era lo único que le importaba.


Paula aspiró hondo y se dispuso a preparar café para los dos. A los cinco minutos regresaba al salón con dos tazas.


—Has tardado mucho —le dijo Pedro al verla.


Frunció el ceño al sentir en ella un cambio sutil; no sabía bien cuál.


—Estaba pensando; considerando mis opciones, o más bien la falta de ellas — respondió con bastante cansancio. —No tenía idea de que pudieras ser tan despiadado, Pedro.


—No lo soy por norma; pero tú me has obligado a mostrarme así. Si no te gusta el resultado, puedes culparte a ti misma —le aconsejó él.


Ella lo miró con expresión ceñuda.


—Si me desprecias tanto, ¿por qué insistir en que vuelva?


—Es por Tomas; él te necesita. Yo no —respondió Pedro rotundamente.


Eso le dolió.


—¿Y cómo vas a soportar verme a diario? ¿No será como hurgar en la herida? — preguntó ella con la intención de devolverle el golpe.


Pero su comentario le resbaló totalmente.


—No me importa hacer sacrificios por el bien de Tomas —dijo él con un resoplido que la sacó de quicio.


—¡Ah, tan noble por tu parte!


Pedro dejó la taza sobre la mesa y se inclinó hacia ella.


—Ten cuidado con cómo me hablas, cara. No tengo que hacer nada que yo no quiera, y tú no podrás hacer nada si yo no estoy de acuerdo. Ve con cuidado, o aguanta las consecuencias.


A Paula le asustó su advertencia.


—¿Y si no lo hago? —le interrogó en tono desafiante.


Al ver la frialdad de sus ojos, ella se quedó de piedra.


—Entonces perder a Tomas será una posibilidad muy real.


Se miraron, pero al final ella tuvo que desviar la mirada.


—Maldito seas —murmuró en voz baja, pero él la oyó.


—Tú me condenaste, cara, desde el día en que te marchaste. Ahora, vamos a organizarlo todo, que se está haciendo tarde —declaró con impaciencia. —Mi intención es tomar un vuelo a Niza la primera semana de vacaciones. ¿Tomas tiene pasaporte?


—Sí.


—Bien, entonces será mejor que reserve los billetes —continuó mientras se ponía de pie sin esfuerzo alguno. —Pasaré la mayor parte del día ocupado, pero estaré de vuelta antes de que Tomas salga del colegio.


Paula asumió que si el asunto iba a ser así, tendría que tratar de acostumbrarse a ello lo antes posible.


—Te quedarás a cenar. Tomas querrá que lo hagas.


—Encantado. Había olvidado lo bien que cocinas, cara —la elogió.


Pedro la sorprendió con su comentario. Debido a eso, cuando se volvió para mirarlo, no se fijó en dónde ponía el pie.


—Imaginaba que no te entraría la comida...


La conversación no pudo seguir porque Paula pisó uno de los patines de ruedas de Tomas y se resbaló. Gritó alarmada mientras notaba que se caía hacia atrás, y movió los brazos tratando de agarrarse a algún sitio. Pero no fue necesario, porque un par de brazos fuertes la sujetaron.


En el segundo que tardó en recuperar el aliento, Paula notó inmediatamente el calor y el aroma de su cuerpo, y toda ella respondió a la vida. Las necesidades que llevaba tanto tiempo conteniendo, afloraron a la superficie, haciéndole sentir un deseo intenso y familiar. Como estaban en contacto, notó los latidos de su corazón, acelerados igual que los del suyo, tanto del susto como de la emoción de estar de nuevo entre sus brazos. Inconscientemente, Paula echó la cabeza hacia atrás y entreabrió los labios. Al mirar a Pedro vio el ardor y el deseo en su mirada. Pero no lo vio mucho rato, porque al momento siguiente Pedro murmuró algo que ella no entendió e inclinó la cabeza para besarla.


El beso fue tan ardiente y ávido como lo había sido su mirada; e incapaz de controlarse, Paula se regocijó y se abrió a él como una flor a los rayos del sol.


Apasionadamente exigente, aquel beso no dejó lugar para los pensamientos, sólo para sentir. Cuando finalmente Pedro se apartó de ella, Paula se quedó con ganas de más.


Pedro se fijó en los labios hinchados y en las mejillas sonrojadas de Paula, y la miró como si le sorprendiera verla allí y lo que había pasado.


—Esto no debería haber ocurrido —declaró de mal humor, apartándose de ella. —Y no volverá a ocurrir; así que déjate de trucos, querida. Cuando te he dicho que no me interesas, lo he dicho en serio —Pedro fue hasta la puerta y salió. —Hasta mañana — añadió, antes de desaparecer.


Paula se llevó la mano a los labios. Si no la amaba con locura, sí que mentía cuando le decía que no sentía nada.


Se agachó a retirar el patín del suelo. Si el deseo estaba ahí, tal vez, sólo tal vez, pudieran revivir su pasión. El corazón se le aceleró sólo de pensar en ser amantes de nuevo. No podía pedir amor, porque sabía que le había hecho daño de verdad, pero tal vez pudiera volver a tenerle entre sus brazos, saborearlo y fundirse con él. Por un momento dudó de si lo deseaba o no. Pero enseguida le llegó una respuesta muy clara: sí, lo deseaba. Deseaba sentirse viva de nuevo, y sólo Pedro podría dárselo.


Paula, que estaba agotada tanto mental como físicamente, ahogó un sollozo. Pedro lo era todo para ella y, confiara o no en él, tenía que hacer lo que él le dijera para poder seguir junto a su querido Tomas. Estaba atrapada, pero de pronto había un leve rayo de esperanza de que la situación no fuera a ser tan árida como había pensado. La pasión sin amor era un sustituto muy pobre, pero era lo único que podía esperar.






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