sábado, 31 de diciembre de 2016
CAPITULO 3
—¡BUENO, me alegro de no tener que decirle eso! —exclamó Paula riéndose mientras se daba la vuelta para retirar una copa de champán de la bandeja de un camarero que pasaba a su lado.
Todo iba como la seda, tal y como ella lo había planeado.
Cuando su jefe le había propuesto la idea de hacer un concurso de fotografía, ella había accedido con entusiasmo, aunque nunca había imaginado que tendría que organizarlo y dirigirlo.
Pero como a ella le gustaba mucho superarse, no le había vuelto la espalda al proyecto. Tener que ser la anfitriona de la ceremonia de entrega de premios y que repartirlos no era lo que había deseado, ya que no le gustaba en absoluto llamar la atención. Aquélla sólo era una competición local y era imposible que la noticia apareciera en algún periódico que no fuera local.
Su vida no había sido nada fácil durante esos últimos años.
Había economizado y escatimado, y había conseguido mantenerse a flote haciendo cualquier trabajo que se le presentaba. Al final, sin embargo, las circunstancias la habían obligado a pedir ayuda con un nombre distinto, y poco a poco su vida había ido mejorando. En ese momento
tenía un trabajo fijo y vivía en una pequeña casa baja de alquiler. Aunque no había visto a nadie de su vida pasada, no podía evitar volver la cabeza cuando iba por la calle.
Había llegado tan al norte como le había sido posible sin abandonar el país. Como había pagado todo en metálico, no había dejado ningún papel ni rastro alguno a su paso. Paula Alfonso había desaparecido de la faz de la tierra seis años atrás, y su nombre actual era el de Paula Chaves, fotógrafa adjunta y persona muy reservada. Si se sentía sola, jamás lo demostraba; y si estaba triste, sólo su almohada lo sabía.
Con un suspiro de satisfacción paseó la mirada por el salón para comprobar que todo estaba bien. Inconscientemente desvió la mirada del grupo de personas con quienes charlaba y se fijó en las puertas del salón que tenía justo enfrente a tiempo de ver a un hombre alto que en ese momento accedía a la sala y miraba alrededor con interés. Al verlo, Paula sintió una mezcla de pánico y asombro que la desgarró por dentro con la fuerza destructora de un terremoto... Porque aquél no era cualquier hombre, sino alguien a quien ella reconocería entre un millón. Alguien a quien ella llevaba siempre en su corazón.
Pedro la había encontrado.
Durante unos segundos, Paula no fue capaz de mover un músculo. Llevaba tanto tiempo temiendo y a la vez deseando que llegara ese día, que de momento no supo cómo reaccionar. Verlo de nuevo la llenaba de alegría, tras haber estado convencida de que jamás volvería a ver su amado rostro de no ser en sueños.
Superado el primer momento de asombro, Paula sintió una opresión en el pecho y se le llenaron los ojos de lágrimas de la emoción contenida. Como él aún no la había visto, Paula se aprovechó de ello.
A través de las lágrimas lo devoró con la mirada con la avidez de alguien que hubiera vagado sin alimento por una tierra baldía y que de pronto encontraba algo que llevarse a la boca. En el pasado había amado a ese hombre más allá de la razón y de la duda casi desde su primer encuentro. Él siempre había poseído algo que había despertado sus sentidos como nadie más lo había hecho; porque con ninguno había sentido lo que con Pedro.
En ese momento sintió esa energía especial que sólo sentía cuando lo miraba. Pedro apenas había cambiado. Su cabello seguía siendo del mismo negro azulado que ella recordaba, aunque tendría ya treinta y seis años. Con uno de los trajes de diseño italiano que siempre le habían gustado, una copa de champán en una mano y la otra en el bolsillo del pantalón, Pedro era el típico hombre confiado y seguro de sí mismo.
Poseía un aire de savoir/aire que siempre le había parecido tremendamente atractivo.
¿Resultaba acaso asombroso que se hubiera enamorado locamente de él, y que se hubiera casado con él tras un breve y apasionado romance? Volvería a hacerlo otra vez
sin dudarlo un segundo; salvo que tenía un enorme problema. Aunque todavía lo amaba, y siempre lo amaría, sabía de corazón que él ya no sentía lo mismo por ella.
Ese pensamiento la devolvió al presente, al hecho de que estaba allí mirando a un hombre que nunca se alegraría tanto de verla a ella como ella de verlo a él. Asustada, Paula se dio la vuelta rápidamente con la esperanza de que él no la hubiera visto aún.
¿Por qué se había quedado mirándolo embobada? Aquél no era el final feliz, sino el principio de lo que podía convertirse en otra pesadilla.
La mera idea le revolvió el estómago, y Paula dio un sorbo de champán para calmar sus nervios. Se dijo que debía pensar, que debía ser lógica. El que ella llevara seis años
escondiéndose de él no quería decir que él hubiera estado buscándola. Seguramente aquélla sería una mera coincidencia, ya que Paula ni siquiera utilizaba el apellido por el que él la conocía. Se dijo que probablemente estaría allí por algo relacionado con el trabajo, y a lo mejor incluso se hospedaba en aquel hotel y se había asomado al salón a
ver la ceremonia por mera curiosidad.
Paula se dijo que ésa sería la explicación más lógica. Sin embargo, esperaba que él se diera media vuelta y saliera del salón antes de que pasara media hora. Si se quedaba allí hasta las nueve la vería, ya que ésa era la hora designada para presentar los premios para los ganadores del concurso de fotografía, una tarea con la que había estado muy ilusionada.
La fotografía era una de sus alegrías, y poder volver a dedicarse a su profesión, aunque fuera de un modo tan sencillo, había sido muy importante a la hora de darle sentido a su existencia y llenarla de propósito. Allí, ella se había sentido bien, feliz; sin embargo esa felicidad peligraría si Pedro no se marchaba enseguida. Si él la viera, se produciría una confrontación inevitable, que era lo que Paula más temía. Aunque había dejado a Pedro por una buena razón, sabía el dolor y la rabia que habría sentido su
marido al ver que ella había desaparecido sin dejar rastro.
Además de eso, había otras cosas que ella nunca le había dicho, y entre ellas una muy importante que la condenaría definitivamente a los ojos de Pedro.
Como no tenía ningún sitio donde esconderse, lo único que podía hacer por el momento era salir del salón y perderse entre la multitud que llenaba las otras salas.
Pronto se vio rodeada de grupos de gente que charlaba y reía, y pudo empezar a respirar de nuevo con tranquilidad. Al menos eso le pareció hasta que sintió una extraña sensación en el ambiente, y supo con certeza que Pedro había entrado en la misma habitación donde estaba ella. Deseó que él pasara de largo, que no la viera; pero cuando se le puso el vello de punta estuvo segura de que si se daba la vuelta se
encontraría con un par de ojos azules.
Y así lo hizo, compelida por una fuerza a la que no podía resistirse y con el corazón retumbándole en el pecho. Le pareció como si todo ocurriera a cámara lenta, y los sonidos de su alrededor se redujeron a un mero murmullo sin sentido mientras su mirada se encadenaba con la mirada de Pedro, que estaba de pie al fondo de la sala. La invadió una sensación de fatalidad mientras bajaba la vista para levantarla de nuevo.
Inconscientemente, Paula debió de contener la respiración unos segundos, porque de repente aspiró hondo, como si le faltara el aire. Después de tanto tiempo, resultaba extraordinario mirarse de nuevo a los ojos, sentir la intensa energía que fluía entre sus miradas. Ella no veía su expresión, sólo sabía que la experiencia era tan vivida como lo había sido siempre.
Esperó a que él se acercara a ella; pero él no lo hizo y eso la confundió. Como si hubiera adivinado sus pensamientos, Pedro sonrió débilmente. Azorada, Paula se volvió apresuradamente, tratando de encontrar una explicación a su modo de actuar.
Seguramente él estaría esperando el momento oportuno. Si hablaban, o cuando lo hicieran, sería con sus condiciones. El comportamiento de Pedro era una manera discreta de recordarle su abandono. Aquello lo había controlado ella, eso lo controlaría él.
Y Paula pudo comprobar que ésa era la táctica de Pedro cuando notó que él la seguía de una sala a otra, aunque manteniendo siempre entre ellos la misma distancia. Estaba jugando al gato y al ratón con ella, y ella no era ningún personaje de tebeo que pudiera ajustarle las cuentas a él. Lo único que tenía claro era que no pensaba permitir que Pedro adivinara lo nerviosa que le estaba poniendo.
—¡Aquí estás! Creía que te había perdido.
Paual se dio la vuelta y sonrió con cierto pesar al ver a David Lacey, su jefe y el instigador de aquel evento. Se había olvidado totalmente de él en cuanto había puesto los ojos en Pedro.
—Yo... esto... he venido para tomarme algo fresco —se excusó alzando un poco el vaso.
—Qué raro, pensaba que me habías encargado a mí esa tarea —comentó David mientras levantaba dos vasos que llevaba en la mano.
Pero Paula no lo escuchaba, sino que sus ojos se movían ya en busca de Pedro. Lo localizó no muy lejos de ella y observándolos a los dos con interés.
—Y el perro se largó con el hueso de jamón —concluyó David en tono seco.
Paula se volvió a mirarlo con los ojos muy abiertos.
—Esto... Ay, lo siento, David... ¿Qué decías?
David, lógicamente, frunció el ceño.
—Olvídalo, no tiene importancia. ¿Te encuentras bien, Paula? —le preguntó preocupado, entonces le miró la copa, —¿Cuántas te has tomado?
David dejó la otra copa que le había llevado a uno de los camareros que pasaban.
Paula aspiró hondo y trató de controlarse un poco. Lo que menos falta le hacía era que David empezara a hacer preguntas incómodas.
—Lo siento. Como se acerca el momento de dar el discurso estoy un tanto distraída.
¡Santo cielo, eso era quedarse corta! Además, era totalmente mentira. No le tranquilizaba en absoluto saber que Pedro observaba todos sus movimientos.
—No te preocupes, ésta es la segunda que me tomo.
Habitualmente no bebía mucho, y ni siquiera se había terminado la otra copa porque se le había calentado el champán.
—Veo que todo el mundo que es alguien se ha presentado en esta fiesta —comentó David mientras paseaba la mirada por la sala. —Mire donde mire veo una cara conocida. Aunque lo cierto es que hay una persona que no conozco. ¿Tienes idea de quién es el hombre de traje que está junto a la puerta?
A Paula le dio un vuelco el corazón.
—¿Qué hombre? —le preguntó de mala gana, sin saber qué hacer.
Si decía que no sabía quién era, tal vez Pedro se acercara a ella y David la pillaría en una mentira.
—Da lo mismo, se ha marchado —respondió David, sin saber lo mucho que su comentario la afectaría.
Paula se dio la vuelta y miró hacia donde había visto a Pedro por última vez; y al ver que no estaba allí, se le fue el alma a los pies. Por mucho que hubiera temido tener que enfrentarse a él, le daba más miedo que él se marchara y no volverlo a ver.
Paula lo buscó con la mirada, pero no lo vio. Le angustiaba pensar que hubiera podido marcharse sin hablar con ella, después de llevar toda la noche mirándola. Sin saber bien por qué, Paula sintió una angustia tremenda. Sabía que lo mejor era que él se marchara; que ellos jamás podrían estar juntos porque no tenían futuro. La lógica le decía que lo mejor era dejarle marchar; que marcara con aquel momento el final de su historia. Tristemente, su corazón pisoteado siempre deseaba más.
Y por esa razón dio un sorbo de champán con tantas ganas que estuvo a punto de vaciar la copa. Al verlo, David arqueó las cejas y le quitó la copa de las manos.
—¡Ya vale! Si haces eso con el estómago vacío te pondrás piripi. Espera aquí. Voy a por algo de comer —dijo David.
Dejó la copa a un lado para ir a buscar el buffet; pero ella le puso la mano en el brazo para impedírselo.
—No, no vayas. De verdad, estoy bien —mintió Paula con valentía, que en realidad estaba hecha un manojo de nervios. —De todos modos, me toca ya dar el discurso.
Sintió cierto alivio cuando tuvo que subir al estrado para ayudar a entregar los premios. Charlar con David como si no hubiera pasado nada le resultó muy difícil, y lo que menos le apetecía hacer era sonreír ante las cámaras. Pero como era parte del trabajo, trató de sonreír como si nada.
Al bajar la vista con naturalidad hacia el mar de caras que había más abajo, le dio un vuelco el corazón al ver otra vez a Pedro. ¡No se había marchado! Como si le hubiera
adivinado el pensamiento, Pedro alzó la copa a modo de saludo silencioso. Ese gesto fue suficiente para dispersar sus pensamientos, mientras se decía que aún no había pasado nada entre ellos.
Desgraciadamente, cuando Paula y los ganadores bajaron del estrado y quedaron rodeados por familiares y amigos, lo perdió de vista. Tardó un buen rato en poder librarse discretamente de todas las personas que querían hablar con ella; pero en cuanto estuvo sola, Paula buscó de nuevo a Pedro en la sala, con el mismo resultado anterior. Cansada de tantas emociones, y sabiendo que no estaba de humor para charlar con nadie más en ese momento, Paula decidió escapar a la tranquilidad de la terraza.
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