sábado, 31 de diciembre de 2016
CAPITULO 13
Cuando aterrizaron en el aeropuerto de Niza hacía un día muy soleado. Todo iba con normalidad hasta pasar la aduana, cuando de pronto se vieron en medio de una comitiva que acompañaba a un futbolista famoso. Tomas, que estaba muy cerca de uno de sus héroes, estaba en el séptimo cielo. Pero sus padres no estaban tan contentos, pues tuvieron que esperar a que se disolviera un poco el gentío para poder seguir.
Paula se dio cuenta de que estaban allí la prensa y la televisión británicas, y anotó los nombres más relevantes para luego poder comprar un ejemplar donde sin duda Tomas saldría en la foto cerca del futbolista. Sería la envidia de todos sus amigos.
Al final Pedro consiguió que los tres se apartaran y sacar el equipaje.
—Ya se van... Vamos a buscar el coche que he alquilado para ir a casa de mi abuela, y salgamos de este sitio de locos.
Paula se echó a reír al ver su contrariedad.
—¿No te gusta el fútbol? —se burló.
Por primera vez en mucho tiempo, él la miró con humor de verdad.
—El fútbol, sí. Las luces que te dejan ciego, no.
Los dos se sonrieron, compartiendo un momento de empatía. Paula se guardó ese momento en el corazón, donde guardaba los demás momentos felices, y después se
concentró en la tarea más mundana de abandonar el aeropuerto.
Cuando ya iban por la carretera de la costa, Paula empezó a sentirse nerviosa otra vez. ¿Cómo se iba a alegrar su abuela al verla, sabiendo lo que había hecho? La mujer no tenía que conocer los detalles para mostrar un sentimiento de protección hacia su nieto. Estaría enfadada por él, y eso no sería bueno para que ellas dos se llevaran bien.
Afortunadamente el paisaje de la carretera costera era tan espectacular, que pronto Paula se distrajo con tanta belleza.
Cuando la carretera empezó a descender, Pedro
señaló una casa de campo con tejados de tejas rojas que había un poco más adelante.
—Ésa es la casa.
—¡Vaya! —exclamó Tomas con asombro, con la nariz pegada a la ventanilla.
Aunque Paula no dijo nada, pensaba lo mismo que él. La casa de campo se extendía unas vueltas más abajo, con un jardín a un lado y una piscina de agua cristalina al otro.
—Es preciosa, ¿pero no es un poco grande para tu abuela? —le preguntó a Pedro cuando estaban a punto de cruzar la verja de hierro.
Al final del camino, llegaron hasta un garaje.
—Es grande, sí, pero conserva en ella tantos recuerdos que no creo que pudiera dejarla jamás. Ahora sólo sueña con las visitas de la familia que le llenen la casa de risas y voces —le explicó Pedro mientras apagaba el motor y bajaba del coche.
Tomas, que había bajado también, echó a correr por el camino.
—¡Seguro que tiene cientos de habitaciones! —exclamó mientras sonreía a su padre que iba detrás de él. Pedro le despeinó el cabello, muerto de risa.
—No tantas.
—¿Y cuál es la mía? —preguntó Tomas, que iba saltando de un pie al otro, una costumbre que Paula reconoció de inmediato.
—La tuya está detrás. Enseguida la vas a ver —respondió Pedro.
—Eso puede esperar —dijo Paula con decisión, uniéndose a ellos. —Ahora Pedro necesita ir al servicio.
—Hay uno al cruzar el vestíbulo. Ven conmigo, hijo —Pedro le dio la mano al niño y los dos desaparecieron rápidamente en el interior de la casa.
Paula los siguió más despacio, observando todo a su alrededor con verdadero placer. La discreta elegancia de la casa de campo fue lo primero que la sorprendió. Allí vivía alguien que tenía mucho gusto.
—¡Hola! —exclamó una voz dulce detrás de ella, —Nos volvemos a ver, Paula.
Paula se dio la vuelta y vio una figura en la penumbra de la puerta. Accedió al vestíbulo y por fin pudo distinguir a una elegante señora mayor que llevaba en el brazo un canasto de flores. Su sonrisa le pareció reservada y la mirada triste, señal de su reciente dolor.
Paula sintió la culpabilidad que siempre la acompañaba aflorar a la superficie de nuevo al verse frente a frente con la abuela de Pedro por primera vez desde la boda.
Pero se armó de valor y se adelantó para saludarla.
—¿Cómo está, señora Alfonso? Me alegro de volver a verla. Esto... Pedro estará aquí enseguida; ha llevado a Tomas al baño —le explicó.
Eleanora vaciló un brevísimo instante antes de darle la mano a Paula y dos besos.
—Por favor, llámame Nely. Dos señoras Alfonso en la misma casa será confuso — miró a la esposa de su nieto y pareció gustarle lo que vio.
—Estaba admirando su casa —continuó Paula en tono conversacional.
—Gracias, querida. Mi esposo y yo trabajamos mucho en la casa durante muchos años, para tenerla como más nos gustaba. Fuimos muy felices aquí. Ahora mismo estaba recogiendo unas flores para el salón cuando os oí llegar —señaló la cesta y la dejó sobre la mesa. —A Marcos le encantaban los lirios —añadió con un suspiro, mientras hacía un visible esfuerzo para no ponerse sentimental. —Tomas es vuestro niño, mi biznieto, ¿verdad?
Paula sonrió.
—Sí. Me temo que es un poco bullicioso.
—Bien —dijo Eleanora con una sonrisa. —Ah, parece que vienen y Pedro y Tomas salieron al vestíbulo. Tomas corrió hacia Paula, mientras Pedro saludaba a su abuela con un cálido abrazo.
—Te veo mucho mejor, cariño. Tienes buen aspecto. ¿Qué tal estás?
Eleanora le dio unas palmadas en el brazo.
—Estoy bien. No te preocupes, Pedro. Paula y yo estábamos saludándonos. Y éste debe de ser Tomas... —Eleanora emitió un gemido entrecortado y se llevó las manos a la cara al ver el parecido entre padre e hijo. —¡Madre mía, Pedro! ¡Es tu viva imagen!
Paula se inclinó para decirle a su hijo que saludara a su bisabuela.
—Hola, Tomas. ¡Qué niño más grandejires! ¿Te importaría mucho darle un abrazo a una señora mayor?
Tomas negó con la cabeza con solemnidad.
—No me importa —dijo alegremente. —Me gustan las señoras mayores —y al momento siguiente le echó los brazos al cuello.
Paula no vio bien cómo reaccionó Eleanora Alfonso porque se le llenaron los ojos de lágrimas. ¡Ah, cómo quería a ese niño!
—¡Ay, Tomas, cuánto me alegro de conocerte! —exclamó Eleanora mientras se ponía derecha. —¿Quieres beber algo? Me parece que en la cocina vamos a encontrar algo
fresco para ti. ¿Quieres acompañarme y lo miramos?
—Qué contenta está —le comentó Pedro a Paula detrás de Eleanora y Tomas. —Le va a venir muy bien estar con el niño.
Paula sollozó y se limpió los ojos con un pañuelo que se encontró en el bolsillo.
—Seguro que no te equivocas —concedió. —Tu abuela ha sido muy amable conmigo.
Pedro la miró con sorpresa.
—¿Y qué esperabas?
—Bueno, podría haberse mostrado más fría; sería totalmente normal. Después de todo, fui yo quien te abandonó —le recordó ella.
—Cierto —dijo Pedro, —pero eso ya es el pasado. Sólo tenemos que convencerla de que somos felices juntos.
Paula suspiró largamente e hizo una mueca.
—Eso es mucho pedir.
—Pero puedes hacerlo. Los dos sabemos de lo que eres capaz. Podrías hacer todo esto con los ojos cerrados —le respondió con ironía, pero Paula negó con la cabeza.
—Yo no soy actriz —argumentó ella.
Pero Pedro la agarró de la barbilla para que lo mirara a los ojos.
—Al contrario, eres una actriz consumada. Tu actuación en el pasado mereció un Oscar. Simplemente haz lo que mejor haces y miente todo lo necesario. Dile lo que sabes que ella necesita escuchar, como hiciste conmigo. La convencerás enseguida, te lo aseguro.
Paula lo miró, haciendo un esfuerzo para no echarse a llorar, porque sabía que ella nunca había representado un papel con Pedro; que sus sentimientos habían sido sinceros.
Más sinceros que los de él.
—¡Vas demasiado lejos! —protestó con un hilo de voz.
Él la miró con dureza.
—Pero lo aguantarás, por Tomas —añadió con frialdad.
—¡Antes no eras tan despiadado!
Pedro sonrió con burla.
—No, pero aprendí sufriendo. Ahora, quita esa cara antes de que mi abuela venga a buscarnos —cuando ella vaciló, añadió: —No te olvides de lo que podrías perder.
Paula no lo olvidaba.
—De acuerdo, estoy lista. ¿Te parece bien, o tengo que fingir estar más enamorada? —le preguntó en tono dulzón mientras aleteaba las pestañas.
—Tampoco exageres —le advirtió él.
—Uno no puede exagerar cuando está locamente enamorado. O se siente, o no se siente —le recordó mientras lo miraba con adoración.
—Me rindo a tus habilidades superiores —le respondió él con mordacidad.
Paula se encogió por dentro, pensando que Pedro no desperdiciaba una oportunidad para hacerle daño.
—Ése no ha sido un comentario muy amoroso —le reprendió ella. —Tú también tienes que hacer un papel.
—Cuando lo requiera el momento, haré mi parte —le aseguró él.
—Me apetece tomar algo —dijo Paula para cambiar de tema.
—Yo me tomaría un buen coñac, pero parece que sólo te puedo ofrecer limonada —dijo escuetamente. —Hagamos esto antes de que me ponga más nervioso.
Ella lo miró extrañada.
—¿Cuándo te has puesto tú nervioso? —le preguntó.
—El día de nuestra boda. Me dio por imaginar que no te ibas a presentar. Es de risa, la verdad, teniendo en cuenta lo que pasó un tiempo después.
Él nunca le había dicho eso, y a Paula se le encogió el corazón. Después de lo que él le había hecho, no había vuelto a confiar en nadie más. Pero eso ya daba lo mismo.
Pedro sólo quería a Tomas, y ella no era más que parte del trato.
Sin embargo, se dijo que no quería pensar en eso. Tenía que hacer una tarea y tenía que hacerla bien para no perder a su hijo.
Paula se dio cuenta de la mirada penetrante que les echó Eleanora Alfonso cuando entraron en la cocina, y comprendió que la abuela de Pedro no era tan crédula como él pensaba.
Se sentaron todos en la terraza desde donde había unas espectaculares vistas al mar, y tomaron un vaso de limonada fresca que estaba deliciosa. Al ratito, Tomas empezó a moverse como solían hacer los niños pequeños, y Pedro se lo llevó a ver el jardín, dejando a Paula a solas con su abuela.
—Cuando mi nieto vino a verme aquí después de dejarle tú, me quedé sorprendida porque jamás lo había visto tan angustiado. Espero no volver a verlo así —le dijo en voz afable y miró a Paula a los ojos. —¿Lo amas, Paula? —le preguntó.
Paula no tuvo problema en contestar con toda sinceridad.
—De todo corazón. Pase lo que pase, siempre lo amaré.
Eleanora arqueó las cejas con expresión interrogativa.
—¿Esperas que pase algo?
Paula se reprendió para sus adentros por meter la pata; se suponía que debía mostrarse confiada, no dudosa.
—Sabrá mejor que nadie que las cosas no siempre salen como uno las planea... Nely.
La mujer suspiró.
—Ya, lo sé... Ojalá mi marido y yo hubiéramos podido disfrutar más años juntos; pero al menos siempre estuvimos felices el uno con el otro. Fue un marido perfecto y un padre ejemplar. Tengo muchos recuerdos maravillosos.
Cómo deseaba Paula poder decir lo mismo de su matrimonio. Pero la felicidad se había desvanecido con la traición de Pedro, que la había dejado desnuda, sin confianza en nada ni nadie, sin saber a qué agarrarse.
Un suave apretón en el brazo la sacó de su ensoñación.
—¿Estás bien, Paula? Has puesto una cara muy triste. ¿Quieres hablar conmigo de algo?
Paula negó con la cabeza y sonrió.
—No es nada, de verdad. ¿Adónde habrán ido Pedro y Tomas?
—Seguramente a la piscina. Vamos a buscarlos, y de paso te enseño el jardín.
Después de pasar un rato paseando por el amplio y bello jardín, Paulaa llevó a Tomas a su habitación, que estaba llena de juguetes que Eleanora le había comprado. Después
de lavar un poco al niño, le dejó jugando mientras ella iba al dormitorio que compartiría con Pedro.
Cuando entró vio que Pedro estaba cambiándose de camisa, desnudo de cintura para arriba. Él levantó la vista cuando ella cerró la puerta.
—¿Tomas está bien? —le preguntó Pedro.
Paula asintió al tiempo que su pensamiento quedaba anulado para dar paso a la sensualidad.
—Está jugando —le informó ella con voz ronca mientras admiraba su torso vigoroso.
Sintió tantas ganas de acariciarlo que instintivamente apretó los puños para no hacerlo.
—Tu abuela ha debido de saquear la tienda de juguetes del pueblo.
Pedro se echó a reír.
—Como no sabía lo que le gustaba, seguramente le habrá traído un poco de todo.No te olvides que tiene cinco años de cumpleaños y Navidades que recuperar.
Su risotada dejó a Paula azorada; sin embargo, una tuerza mayor la empujó a avanzar hacia él.
—Acabará siendo un niño consentido.
—Sin duda, eso es lo que mejor hacen los abuelos —concedió mientras miraba la hora en su reloj de pulsera— Será mejor que te des prisa. Gina te ha deshecho la
maleta —añadió mientras se volvía hacia la cama donde estaba su camisa limpia.
Paula no podía apartar los ojos de su torso desnudo, cuyos músculos se movían con cada leve alteración. La atracción era tan fuerte que Paula se convenció de que nada le impedía acercarse un poco más y tocarlo. El quería que hiciera el papel de mujer enamorada, ¿no?
—Mmm —suspiró mientras le plantaba las palmas de las manos en la espalda. — Qué piel más suave.
Pedro no dio exactamente un salto, pero se estiró de inmediato con evidente tensión.
—¿Pero qué demonios estás haciendo? —rugió.
En su tono de voz detectó algo que le hizo sonreír, porque acababa de notar que él no era inmune a ella.
—Tocándote —le respondió en tono ronco. —Estoy locamente enamorada, ¿no te acuerdas? Si vas a pasearte medio desnudo, no puedes esperar que no reaccione — añadió mientras continuaba acariciándolo. —¿Te gusta esto? —prosiguió al tiempo que le deslizaba las uñas por la columna vertebral.
Supo que sí por su modo de suspirar; y también por lo que estaba sintiendo ella.
Posó con suavidad los labios sobre su espalda, deleitándose con la tersura de aquella piel caliente. Y sin darse cuenta siquiera bajó los ojos, le abrazó la cintura y subió las manos hasta acariciar su pecho amplio y fuerte.
Inmediatamente Pedro la agarró de las muñecas y...
—¡Ya basta! —le ordenó con rabia, apartándose lo suficiente para tener espacio; se volvió hacia ella. —Estoy seguro de que has aprendido muchas cosas desde que te separaste de mí, pero no quiero que practiques conmigo.
La acusación le dolió.
— ¿De verdad es eso lo que piensas? ¿Sabes una cosa, Pedro? ¡Eres un mentiroso! A mí me has trasmitido algo muy distinto —le respondió, complacida al ver que él
trataba de disimular su rabia.
En ese momento, Paula se apartó de él y bostezó.
—Además, no hace falta que te molestes tanto; sólo estaba practicando. Para hacer mi papel bien —se burló mientras abría unos cuantos cajones hasta encontrar el top que estaba buscando. —¿Qué tal lo hago? —preguntó, volviéndose hacia él.
Pedro la observaba como un halcón, y sólo el hecho de saberlo le hizo a Paula mucho bien. Al menos no la ignoraba.
—Confía en mí —dijo él finalmente. —No necesitas ninguna práctica.
Paula sonrió.
—Eso es lo que nos gusta escuchar a las mujeres —le dijo en tono coqueto mientras se metía en el baño.
En la intimidad del cuarto, Paula reflexionó sobre esos interesantes momentos con Pedro, que aunque a él no le hubieran causado ningún efecto, a ella desde luego sí.
Pensó que necesitaba una ducha fría, y eso le hizo gracia y se echó a reír. A lo mejor no había sido un paso muy inteligente, pero estaba cada vez más segura de que Pedro no lo tenía todo controlado y de que ella aún lo atraía.
Sabía que él no se lo pondría fácil, pero si quería que hicieran el amor tendría que intentar seducirlo.
La pregunta siguiente era si quería intentarlo o no; si sería bueno o sería peor para todo. Y como no estaba en absoluto segura de nada, decidió ignorarlo de momento y centrarse en ducharse y cambiarse de ropa
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